Yo no digo alberca, sino piscina (sobre Alberca vacía, de Isabel Zapata)

Por: David Loría Araujo (dloriaa@hotmail.com)

Tengo una fascinación extraña por las piscinas vacías. Pienso que se trata de la recurrencia de estos prismas rectangulares en haciendas abandonas de Yucatán, donde no decimos ‘alberca’ sino ‘piscina’. Una vez, incluso, escribí un cuento titulado “El pozo”, que ilustraba esa obsesión. También creo que su atractivo se relaciona con los mundos narrados por Felisberto Hernández, Amparo Dávila o Inés Arredondo, tres de mis creadores favoritos; aunque en “La casa inundada”, “El patio cuadrado” y “Río subterráneo” el agua no está nada ausente. Leo entonces los nueve ensayos de Alberca vacía, escritos por la mexicana Isabel Zapata, y descubro otro seductor motivo para agregar a mi lista.

En Mérida, la casa de mis padres estuvo mucho tiempo en obra negra. Algunas de las habitaciones tuvieron calidad de recodos prohibidos durante largos años. La piscina fue el último de los espacios en terminarse. Mientras tanto, sólo era una boca de tierra en el centro del jardín. “Todos hemos buscado la casa inútilmente entre los escombros”, declara Isabel Zapata; y sé que tiene razón, pero todavía no sé por qué. “Hay albercas vacías que en realidad están llenas de otra cosa”, agrega más adelante, y recuerdo que mi madre se quejaba por tener una casa a medio hacer y decía: seguro así se va a quedar; ahí me van a enterrar cuando me muera. Y luego reía.

En el primer fragmento de su libro, “Mi madre vive aquí”, Zapata redrojea entre la biblioteca de su mamá. En Yucatán, “redrojear” es un verbo transitivo que significa: husmear el contenido de algo, pesquisar dentro de un contenedor, revolver para encontrar. A través de su escritura, la ensayista se sumerge en los libros y en las fotografías de su madre, escudriña sus misteriosas anotaciones al margen, indaga en las sombras de las imágenes. Ello me recordó que no tengo otra forma de leer más que anotar los textos, tal vez por (de)formación profesional (como este libro de Alberca vacía no es mío, me estoy comportando). Hace poco pensé por primera vez en mi propia muerte, y corrí a borrar de una de mis libretas semestrales, llenas de notas heterogéneas, un secreto que no quería que nadie supiera si la encontrara. Quizá clausuré una alberca y ya nadie podrá zambullirse. En la página 27 del ejemplar que reviso mientras escribo estas líneas, Sara ha escrito “¿por qué?” y ha subrayado la frase “herramientas de desaparición”. El último fragmento del libro, “Maneras de desaparecer”, puede leerse aquí.

A Isabel Zapata le gusta escribir sobre animales. Reformulo: Zapata se vale del mundo animal para acceder de forma oblicua a esa fenomenología que desconocemos, y así escribir sobre lo que sí nos es familiar. De la mano de sus textos, es posible pensar sobre nuestra relación con el mundo, a partir de una gallina que “es más un pájaro que un ave”; o de nuestra limitada comprensión humana, gracias a las posibilidades de un pulpo. Ahí radica, me parece, la inefable virtud del ensayo: en tantear “lo más otro que hay” desde la orilla de lo más cercano.

Elegí a Zapata para comenzar con las reseñas de este blog por tres motivos: uno, porque es vecina de la colonia Nápoles, a donde acabo de mudarme; dos, porque tengo que devolverle pronto el libro a Sara Uribe y no crea que lo he secuestrado; y tres, porque a Gallo le cae bien por su texto sobre el pozole de La casa de Toño. Afincada de vuelta en la Ciudad de México, tras haber estudiado una maestría en filosofía en Nueva York, Zapata ha preparado un libro que es, en realidad, un baúl sobre el cuerpo y la casa (motivos que atraviesan los ensayos de otras escritoras mexicanas como Marina Azahua, Jazmina Barrera o Mariana Oliver), y que, también, tiene un compartimento distinto: en su primera versión, a cargo de Editorial Argonáutica y de la Universidad Autónoma de Nuevo León, Alberca vacía también es Empty Pool, traducido al inglés por Robin Myers.

Ahora mismo, pienso que la alberca vacía es una oportunidad para pensar en el volumen. Sí, en los metros cúbicos. En la capacidad. En la tercera dimensión. Hay experiencias lineales, como las que provoca el estrés del tráfico; y experiencias areales, como cuando la mugre en el suelo obliga a barrer y trapear la casa. El volumen es una medida en la que pensamos muy poco. Tal vez ocurre cuando entramos a un ascensor desconocido y no llevamos mucha prisa. Meternos a una piscina desocupada nos recuerda que vivimos, en efecto, dentro del mundo. Ahora, enseguida, pienso que nos gusta pasar más tiempo en los bordes de la piscina que dentro de ella. En la alberca de mis padres, que por mucho tiempo añoramos tras las ventanas del comedor, casi no se mete nadie.

Leer Alberca vacía, a diferencia de lo que sucede con otros libros, no demanda un trayecto lineal, sino volumétrico: es un nudo, una constelación, como los buenos ensayos. Yo no escribo ensayo, pero quiero hacerlo. Yo no escribo ensayo, pero enseño a mis estudiantes de literatura sobre cómo comentar un ensayo. No sé si lo que acabo de escribir es una reseña sobre los ensayos de Isabel Zapata, o las notas para un ensayo que nunca escribiré. Lo que sí sé es que la primera (y la única) vez que coincidí con Isabel Zapata le dije: ¿y tú de qué escribes? Ella contestó: “ahora, de ballenas”. Poco después, Almadía publicó su libro de poemas Una ballena es una país (2019).

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