Cuando digo cuerpo, pienso en la intemperie (sobre Sistema nervioso, de Lina Meruane)

Por: David Loría Araujo (dloriaa@hotmail.com)

Sabía de su existencia, publicada por Random House en 2018, pero no la vendían en las librerías de la Ciudad de México. Fui a conseguirla, por lo tanto, en el túnel que conecta las estaciones Zócalo y Pino Suárez del metro. Comencé a leer Sistema nervioso, la novela más reciente de la chilena Lina Meruane, durante el mes de junio. Me fascinó, pero no pude terminarla. La hipocondría, ese paranoico insecto que hospedo en la médula, me obligó a cerrarla y mantenerla por un tiempo en la mesita de noche. Ahí va de nuevo Meruane con los padecimientos, pensé. El cuerpo, la memoria, la enfermedad, la autoficción, conjuré tras hojear sus primeras páginas. Aún no sabía que, tres meses más tarde, me operarían de un cáncer y el libro se convertiría, entonces, en otra forma de sanar.

En primera instancia, la novela retrata la relación maligna y silenciosa entre un antropólogo forense y una doctoranda en astronomía. “Ella” investiga estrellas difuntas; “Él”, cuerpos fallecidos y no reclamados en fosas clandestinas. La protagonista, a quien Meruane mantiene anónima, es profesora de física en diversas escuelas gringas y padece un bloqueo de escritura; cavila una tesis que no termina de cuajar. Un día, el personaje ruega a su madre, fallecida durante el parto, que le conceda una enfermedad, “algo grave pero pasajero” (17), a fin de conseguir un semestre libre para redactar sobre el mundo extraterrestre. En breve, su cuerpo hace cortocircuito: un latigazo de alacrán en las cervicales, una aguamala en el hombro, un batallón de hormigas en el rostro son solo la antesala de otros síntomas, punciones y resonancias.

sistema nervioso 2

La ganadora del premio Sor Juana Inés de la Cruz (2012) regresa con otra obra maestra, que retoma algunos hilos de sus publicaciones anteriores. Las narraciones Fruta podrida (2007) y Sangre en el ojo (2012), y el ensayo Viajes virales (2012), ya tienen a una cuarta compañera en la tetralogía de la enfermedad. Sus protagonistas son traslapes, desdoblamientos, variaciones de un mismo personaje: Zoila, Lucina, “Ella”. El binomio geográfico que en Fruta podrida se divide en “Norte” y “Sur”, y que en Sangre en el ojo oscila entre Nueva York y Santiago, migra en Sistema nervioso hacia el “país del pasado” y el “país del presente”. Meruane escribe historias sobre hijas desobedientes que viven con un pie en cada país (o que a veces pierden el pie en uno de estos; como ocurre, literalmente, con Zoila en la novela de 2007). Hijas que no acaban de irse, descendientes de madres y padres dedicados a la medicina, que respiran en dos idiomas, que regresan a las casas de su infancia para esculcar bibliotecas llenas de saberes clínicos y novelas que también hablan sobre el padecimiento. Relatos, también, de escrituras incompletas, de escrituras precarias que están a la intemperie del azar: un cuaderno de composición, una tesis sobre la enfermedad en la literatura latinoamericana, otra tesis sobre agujeros negros. Textos en obra negra, museos de esfuerzos inútiles.

La novela está dividida en cinco grandes bloques: “agujeros negros”, “estallido”, “vía láctea”, “polvo de estrellas” y “gravedad”, que a su vez se fragmentan en pequeños cuadros o escenas y dan cuenta, respectivamente, del diagnóstico de “Ella”, de la explosión de una fosa que lo deja a “Él” medianamente sordo y completamente indispuesto, del seno extirpado de la madrastra, de la osteoporosis del hermano mayor, de la operación de su padre. Y entre todas esas salas de espera, quirófanos y tomografías, se fraguan otras violencias, relaciones en las que “Sería cosa de tiempo para que llegara el primer golpe que sin embargo no llegaba” (137), así como afectos impuros, como el de un par de mellizos que son obligados a besarse para mejorar su sistema inmunológico. En este, como en otros libros de la escritora afincada en Nueva York, la enfermedad suele disfrazarse de amor y viceversa.

sistema nervioso 3

La chilena se confirma, una vez más, como una escritora hiperconsciente de su proyecto literario. Aunque esta última novela pierde el tono barroco y visceral de Fruta podrida, y el bombeo del thriller en Sangre en el ojo, conserva la pericia en la construcción de los personajes, quienes van ganando nitidez mientras avanzan las páginas. Lo que mueve al lector no son los cliffhangers, sino los hilos que va atando y el persistente estertor de una voz narrativa tan lúcida como letal. Persevera, también, el camuflaje de la crítica social entre sus breves párrafos, las consecuencias corporales y culturales de la dictadura. Toda la obra de Meruane es la confirmación de una metástasis, la del gobierno de Pinochet. Ahí están, todavía, sus células perdidas, sus garras, sus secreciones entre las tripas de los textos.

Siempre me han gustado los adjetivos “virtual”, “agazapado” y “latente” para el cuerpo. Aquello que no se manifiesta todavía. El cuerpo como pura posibilidad. La enfermedad como aquello que atestigua el flujo del cuerpo, el contacto del cuerpo con el mundo, la apertura del cuerpo a la vulnerabilidad, el espectro inmenso de su potencia. La lectura de Sistema nervioso me hizo repetir cien veces por qué a mí por qué a mí por qué a mí hasta que se hizo una sola palabra de entonación aguda y sentido incomprensible. ¿Fue porque no toqué suficiente madera cuando le pasó a mi tía en el seno, y a mis dos abuelas en el páncreas? La ingle pasó a ser mi cavidad más oscura, mi fosa más profunda, mi soterrada vergüenza.

Los cuerpos son nimios frente a la magnitud del universo. Y aun así, es tan poco lo que conocemos de las posibilidades de nuestro cuerpo como lo mucho que ignoramos sobre el planeta Tierra. ¿Qué esconden, al mismo tiempo, su exterior y su interior? ¿De qué están hechos, cómo y con qué andamiajes, los tumores, las estrellas? ¿Y qué decir de las entrañas del planeta, donde son cada vez más los muertos enterrados sin nombre y sin rostro? ¿Qué cosa vive, sin nuestro consentimiento, entre las cavidades de lo que llamamos “propio”, de lo que enunciamos “mío”? ¿Qué cosa muere en el terreno baldío, a tres cuadras de la habitación donde nos dolemos por una punzada en el costado? ¿Qué se agazapa entre las tripas de la vía láctea y de nuestros túneles gástricos? Una piedra en el riñón, un cráneo desdentado, un cinturón de asteroides. ¿Cómo pensar nuestras dolencias en relación con aquellos cuerpos quemados asfixiados torturados penetrados? Sistema nervioso expone esa tensión, ese impasse. En la novela de Meruane, los cuerpos están a la intemperie, o es la intemperie el propio cuerpo. Un cuerpo que, como la Tierra, está “sembrado de fosas aún sin descubrir” (90). Y más allá, el universo que se expande hasta quién sabe dónde.

Si consideras que nuestro contenido es valioso y te gustaría que continuáramos con este proyecto, puedes invitarnos a un café (o contribuir con la cifra que gustes) aquí: Become a Patron!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s