Hospitales: un anecdotario

Por: Gallo Molina  (joseantoniomolinavega@gmail.com)

Tiendo a pensar, sin temor a equivocarme, que el libro Canción de tumba de Julián Herbert es lo mejor que he leído este año (gracias al copropietario de este sitio por prestármelo).

Éste es una especie de autobiografía en la que no se sabe qué es ficción y qué no. Haciendo a un lado este detalle, la lectura me transportó varias veces al Hospital Universitario de Saltillo, desde donde Julián escribe la novela mientras acompaña a su convaleciente madre quien lucha contra la leucemia. Esto, junto con todos los detalles que proporciona el autor, provocan que uno irremediablemente retorne a las anécdotas vividas en esos lugares tan contradictorios a los que llamamos cotidianamente “hospitales”. La gente nace en ellos / la gente muere en ellos. Los hospitales son bipolares. 


Sé que he estado en un hospital más veces de las que recuerdo. Pero, si tuviera que remitirme a la primera, me parece que sería aquella vez que me engañaron con un aparente “regalo sorpresa”, (en un martes, sin ser mi cumpleaños) con la intención de llevarme a que me pusieran una inyección. Lloré, pataleé y me aferré lo mejor que pude al asiento del coche con tal de no recibir aquel demoníaco pinchazo. Me causa gracia lo insignificantes que son las inyecciones siendo adulto y lo traumáticas que resultan para un niño.


Luego está la vez que mi hermana menor osó poner su mano justo en el camino de las aspas de un ventilador. Le fue bien. Lo que pudo haber sido la pérdida de varias falanges acabó tan solo en la fractura de ciertos huesos.

Desde ese momento le temo a las literas.


Mi abuela paterna y mi abuelo materno comparten algo en común además de un nieto: ambos murieron en la misma fecha. Específicamente, el 16 de julio, con siete años de diferencia. En mi vida solo he visto dos cadáveres, los suyos.

¿Has visto alguna vez a un muerto? Es una experiencia bastante invasiva. Observar un cuerpo inerte desafía tu lógica. Cuesta entender que quien yace en esa cama de hospital no despertará jamás. Como si la muerte fuera un suceso sobrenatural y no parte inevitable de lo que implica existir. Una transformación. Un paso. Un soltar. Un dejarnos ir. 

Recuerdo las idas y venidas al hospital en ambas ocasiones. Las ojeras en rostros conocidos, el llanto ahogado de quien reacciona de manera natural. Yo, por otro lado, no lloré. No sé lidiar con la muerte (¿alguien sí?). Mi parte más abyecta decía “no es para tanto”, “¿para qué hacer dramas?” Y mi lado más humano entiende que se vale estar triste, serio o incluso enojado.

Hay quien llora la muerte. Hay quien llora lo mortal que es la vida.

No sé lidiar con ella, pero me impresiona como sí sabe lidiar con nosotros. 


Mi papá sobrevive con un cuarto de riñón. El primero lo perdió hace 11 años por culpa de un tumor. La gran mayoría del que le quedaba fue removida el año pasado por lo mismo. Supimos que algo andaba mal la primera vez por un hipo feroz que duró semanas. El diagnóstico dictó mil baldes de agua fría. 

Los hospitales me hacen sentir igual incómodo que inútil. El cablerío que se aferra al cuerpo, así como las múltiples agujas intravenosas, me ponen ansioso. La función de acompañar al paciente es agobiante, aunque así entiende uno que lo más importante es simplemente “estar”. Se puede no hablar y solo mirar la televisión; leer o escribir una novela espectacular como Julián; salir a fumar, pasear o respirar algo que no sea formol. Permanecer ahí es impregnarse de enfermedad y contagiarse de duelo.

Cuando uno visita un hospital a veces es para despedirse; a veces para decir “no todo está perdido”.

El año pasado vivía como en un trance, hasta que algo reventó la burbuja: el cáncer volvió. Ese hijo de puta. 

Antes de que un ser querido se someta a una operación importante, la mente se hace un manojo de pensamientos premonitorios y fatalistas. ¿Qué pasa si muere? ¿Qué pasa si no despierta? ¿Y si sí? ¿Y si vive? ¿En qué va a cambiar todo? ¿Cómo le hago para no ser un insensible? Y ahora, ¿de dónde saco tanta empatía?


Supe que sufría de hemofobia precisamente en un hospital. 

Hemofobia: miedo a la sangre. 

Había sido designado como donador para mi abuelo (los gajes de ser el primogénito). 

Requisitos: 

-Ser mayor de 18 años: sí.

-Pesar más de 50 kgs: apenas.

-Estar en ayunas: sí… grave error. 

Estaba nervioso pero dispuesto. Cumplía con lo mínimo indispensable, así que no me pude echar para atrás. Acepté mi cruel destino. Comenzó el juego mental: estar calmado, respirar profundo, no pensar en ello… en la aguja, en el escalofriante algodón remojado en alcohol, en ese líquido rojo que desde las clases de educación sexual me ponía tenso. 

Siempre me habían dicho que exageraba, pero ese día supe que no. Antes de poder donar me hicieron una serie de pruebas. La primera consistió en un análisis de sangre, cosa que ya había experimentado antes. La diferencia es que, esa vez, mi subconsciente me traicionó

Después de eso, procedí a ser pesado y medido. Mientras estaba de pie en la báscula mi vista comenzó a nublarse y dejé de sentir mis extremidades. “Doctor, creo que me voy a desmayar”. Me acosté. Cuando me reincorporé entendí: “Eres hemofóbico, no puedes donar sangre”. Perdón, abuelo. 


Uno sabe que los hospitales no son el enemigo. Aunque quiera evitarlos a toda costa. La muerte tampoco lo es.

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Foto de portada: PEXELS

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