Cervezas de aeropuerto

Por Gallo Molina  (joseantoniomolinavega@gmail.com)

Los viajes , en especifico los vuelos, tienden a ponerme tenso desde algunas semanas antes. Lo sé porque mi cuerpo lo percibe y refleja: el sistema digestivo se pone “flojito”; aparecen pústulas en la boca; me siento ansioso, nervioso, como si supiera por anticipado que olvidaré algo o peor, que perderé el vuelo.

Escribo esto desde el Chilli’s del aeropuerto de la Ciudad de México, a espera de abordar el gigantesco cacharro al que algunos valientes llaman “avión”, de la línea Vivaaerobus. Viajo a Mérida, por aquello del día de muertos, y porque mi hermana se ha comprometido. Así es, ya no somos niños. “Ya no estamos en Kansas”

Uno podría inferir que, al ser el hermano mayor, el hecho de que mi hermana se case implica algún tipo de presión social, como si se me hubiera ido, valga la coincidencia, el avión, o el tren o el medio de transporte que prefieras. Pero no. El matrimonio, eso que tanto ansían algunas mujeres para erradicar complejos (no digo que sea el caso de mi hermana) o algunos hombres para demostrar lo “proveedores” y “magníficos” que pueden ser, no es para mí. Bueno, aún no. 

Pedí una cerveza que cuesta cuatro veces lo que vale en una tienda de conveniencia. ¿Por qué? Tal vez porque en estos momentos necesito entender que el dinero no es tan importante, o tal vez porque requiero de una bebida que me distraiga de mi inadecuada ansiedad. 

Sea cual sea la razón, opté por sacar mi laptop y escribir gracias a un video de YouTube que vi ayer, en el cual un conocido escritor (cuyo nombre no revelaré porque me da pena verme tan fan) mencionaba lo siguiente: 

Hay algo que tú haces todos los días. La primera pregunta es, ¿es escribir? Y la segunda pregunta es, si quieres ser escritor, ¿por qué no escribes todos los días?”

El conocido autor hablaba de algo que nombró “la conquista de la rutina”, y dicho concepto me pareció fascinante. Pero lo que más repitió, como un tipo de norma tácita del escritor principiante, es que debes escribir, al menos, una cuartilla diaria. Y eso es exactamente lo que hago, con cerveza XX ámbar a un lado, en un restaurante de comida rápida del que posiblemente sea el aeropuerto más mentiroso, caótico y bizarro del continente. 

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