Una cama es una isla

Por: Gallo Molina  (joseantoniomolinavega@gmail.com)

Recuerdo, con bastante lucidez, los días que comienzan con esa sensación que Mecano definió como: Hoy no me puedo levantar, y a lo que solo hubo que agregarle un complemento: El musical. Esa pesadumbre de quien se siente náufrago en aquella isla a la que conocemos como “cama”. 

“Las camas son islas”, pensé hace unos días mientras acomodaba sobre una mis cosas de tal manera que parecería más un escritorio; una laptop, una libreta y un libro, como para tenerlos cerca y no olvidarlos a la hora de partir. 

Mirando por los bordes, como si fueran barrancos y el suelo un océano, experimenté la que posiblemente sea la primera virtud de una cama: su seguridad. El conflicto que suscita ese sentimiento de protección es que te puede convertir en esclavo de tu propia isla. “¿Para qué ir a explorar si aquí se está muy bien? ¿Por qué no mejor quedarme y esperar a que la batería del celular se agote?” (Una de las pocas cosas que hoy en día nos obliga a levantarnos de la cama).  

También hay camas que son islas de paso, como en un crucero. Por ejemplo, las de los hoteles, en donde uno duerme cómodo excepto cuando se pone a pensar en todas las personas que han “pasado” por ahí. No es tu isla, sino la de miles de marineros. 

Lo mismo sucede con los moteles, cuyas islas no son más que meros mini paraísos fiscales en donde se invierte dinero para detener el tiempo y procurar olvidar. O, viéndolo de otro modo, islas de contrabando en las que uno entierra tesoros como el deseo

Hay camas que nos cambian la vida porque representan territorios que jamás creímos explorar. La cama de un amante (dícese de quien es “el otro” o “la otra”) es la muestra de un territorio enemigo en el que somos intrusos. La cama de nuestra pareja, una invitación a su intimidad, a su mundo. La cama de un amigo o amiga, la muestra de solidaridad más grande cuando una tormenta nos toma desprevenidos y necesitamos refugio

Hay islas a las que somos bienvenidos, y otras en las que no tanto. 

Una cama sigue siendo un fuerte aunque ya no seamos niños. A veces generamos una dependencia a esa isla que nos protege de nuestras inseguridades y miedos; de enfrentar al mundo real. Dejar la seguridad de la cama como náufrago que abandona su isla provoca terror. “¿Qué haremos sin la calidez, la paz o la empalizada de almohadas?” 

Algunos leemos en nuestra cama como lo haríamos a la orilla del mar. Otros cambian al mar por lava y se refugian en su isla coercitivamente con el fin de terminar algún pendiente. “No dejaré la isla hasta acabar con lo estipulado”; suena a una conquista,  en ocasiones es la conquista de uno mismo. A veces ese pendiente es escribir un texto (como este) y uno mira a su alrededor como si contemplara el horizonte en busca de respuestas. 

Todos dormimos en alguna isla. En ocasiones son tan pequeñas y vulnerables a la intemperie como un pedazo de cartón. Otras forman archipiélagos como las literas de un orfanato. Las hay separadas, como si vivieran en medio de un enorme océano, debido a una cuarentena. Incluso algunos terminan convirtiéndose en parte de su isla por enfermedad (u otro tipo de agonía). 

La palabra “aislar” viene, precisamente, de isla. Es curioso que las camas tengan tanto de islas, que nos “aislen” de todo y de todos. Porque también hay quien elige compartir su isla para nunca más decir: “hoy no me puedo levantar”. 

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Foto de portada: Pexels

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