Una novela que también es un portal (sobre La dimensión desconocida, de Nona Fernández)

Por: David Loría Araujo  (dloriaa@hotmail.com)

La dimensión desconocida (2016) es una historia de fantasmas. No se relaciona, ni temática ni estilísticamente, con la literatura fantástica, pero es un relato de espectros, de invocaciones al pasado y de voces que vuelven para dispararse hacia la posteridad. A través de esta, su última novela publicada, Nona Fernández (Santiago, 1971) me conduce por la pesquisa de una mujer que bucea en el pasado de Andrés Valenzuela, miembro de las Fuerzas Armadas de la dictadura chilena. “Quiero hablarle de cosas que yo he hecho”, imagina la protagonista; “Quiero hablarle del desaparecimiento de personas”, dice la voz imaginada.

La mañana del 27 de agosto de 1984, un hombre de anchos bigotes se presenta en las oficinas de la revista Cauce dispuesto a confesar. Habla de centros de detención, de métodos de tortura, de habitaciones llenas de ratas y gritos. Muchos años después, una documentalista se reencuentra con la portada de dicha publicación y repasa, de forma obsesiva, las confesiones clandestinas de Valenzuela. Al cerrar el libro, tras una lectura febril y maníaca, no escatimo en desconfianza y corro a Google. Me equivoco: la revista existe; la entrevista, también.

Portada de la Revista Cauce

Desde Fuenzalida (2012) o Space Invaders (2013), Fernández escarba en los detritos del Régimen Militar como si fisgara el fondo de un cajón de costura: construye, con el archivo del horror, un relato a contrapelo; entrega una novela cuya revisión se antoja a la de un folio secreto. La ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz (2017) transforma su escritura en un ejercicio de espionaje: seguir la pista de “el hombre que torturó”, epíteto que emplea a lo largo del texto.

Como han demostrado Sarah Roos, Lorena Amaro, Nan Zheng y otras investigadoras, no pocas escritoras chilenas contemporáneas narran el pasado dictatorial de manera oblicua: las memorias de lo ocurrido no están encarnadas en sus cuerpos pero sí han dejado huella en los silencios de sobremesa, en las bibliotecas de sus padres, en las fotografías recortadas de la infancia, en los tabús familiares: “Nací con ellas instaladas en el cuerpo, incorporadas en un álbum familiar que no elegí ni organicé”. Se trata de una “intimidad transgresora” (Zheng, 2017). Fernández, quien también es actriz y dramaturga, desborda este ruptura con la mención de productos culturales setenteros u ochenteros como Sábado gigante Volver al futuro: contar la historia a través del consumo televisivo se convierte en otra herramienta de archivo. 

The Twilight Zone se inserta así como alegoría que da pie a todo el texto, dividido en cuatro grandes territorios: “Zona de ingreso”, “Zona de Contacto”, “Zona de fantasmas” y “Zona de escape”. Narrar las atrocidades que vivió el país –y que sigue sufriendo aun en los albores del 2020– es adentrarse en otra dimensión, en un plano paralelo lleno de crueldad, de maestros del disfraz y trabajos de prestidigitación.

Los territorios del archivo se extienden, como sucede con sus novelas Av. 10 de Julio Huamachuco (2007) y Chilean Electric (2015), a la literatura urbana. La documentalista recorre plazas, paradas de autobús, avenidas, barrios: coordenadas urbanas que son, en realidad, portales al pasado. Con una forma inusitada de palpar los detalles, la voz narrativa también revela al espacio como documento e imagina que, por esas calles, anduvo Andrés Antonio Valenzuela Morales en redadas y secuestros.

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Cuando acude al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile, inaugurado en 2010, la protagonista reflexiona, también, acerca de la curaduría de la memoria, de la manipulación afectiva sobre el pasado: en esta sala hay que llorar; en aquella, sentir esperanza; en la última, comprar llaveros, agendas y calcomanías. Ello la lleva a cuestionar su papel en el montaje de documentales: el poder sobre las piezas, los fragmentos, las imágenes.

La dimensión desconocida es un ejercicio de empatía con el monstruo, o una deconstrucción de su figura terrorífica. El personaje principal, una autofiguración de Nona Fernández, escribe una carta al más allá: a un Andrés exiliado en Francia, una misiva al fantasma de “el hombre que torturaba”. La autora no se decanta, sin embargo, por la redención ni el indulto. Procede únicamente con ética. Procede a maniobrar con el duelo a partir del reconocimiento de “Cada vez que vomitó luego de ver una ejecución. Cada vez que se encerró en el baño después de una sesión de tortura. Cada vez que regaló a escondidas un cigarrillo o guardó de su almuerzo una manzana para un prisionero. […] Cada vez que lloró. Cada vez que quiso hablar y no pudo. (54).

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