Una novela con las fauces bien abiertas (sobre Mandíbula, de Mónica Ojeda)

Por: David Loría Araujo  (dloriaa@hotmail.com)

Llevo tatuado un recuerdo que se remonta al sexto grado de primaria: a escondidas, algunos de mis compañeros se reúnen en un pequeño círculo. La distancia entre los cuerpos es tan próxima que sólo a través de un resquicio puedo ver lo que ocurre dentro. Hay un puño sobre la mesa, un puño extendido. Los rostros adolescentes se arrebolan con euforia y desobediencia clandestina. Sobre el dorso de aquella mano una goma de borrar desbasta la piel hasta la sangre. Seguramente, la fricción acelerada se vuelve cada segundo un poco más caliente. El juego finaliza cuando el dueño de esa extremidad dice una palabra con cada letra del abecedario. Al llegar a la zeta, entonces, el revés de la mano supura su roja resina. En el centro de la herida aparece un núcleo blanco, aterrador. Varios de mis amigos llevaron, durante los años siguientes, la marca de ese reto siniestro en los nudillos. Hoy la imagen me crispa. Es como una fotografía arcana que se esconde en mis memorias más difíciles de digerir. Sentí esa misma náusea mientras leía, al borde de la cama, la novela más reciente de Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988).

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Mandíbula (2018) es el relato de un engaño perverso, de una mordida voraz. Se cierra sobre sus protagonistas y sus lectores con el sigilo de una planta carnívora pero con la firmeza de una trampa para osos. La escritora ecuatoriana urde un texto trizado que necesita de lectorxs detectives; cada fragmento llega sin anticipación a un puzzle de voces y escenas cruzadas. Por un lado, somos partícipes de cómo Miss Clara López Valverde, profesora de literatura en un colegio del Opus Dei, secuestra a una de sus estudiantes más problemáticas para enseñarle una lección. Un episodio del pasado, en el que la propia maestra fue víctima de tortura a manos de sus alumnas, le provoca sofocantes episodios de ansiedad que la obligan a pellizcarse la piel hasta las llagas. Además, los cuerpos y las risas de sus pupilas le producen sudores congelados y miedos desorbitantes.

Por otro lado, la narración nos permite vigilar las macabras diversiones de Fernanda, Annelise, Fiorella, Natalia, Ximena y Analía, seis alumnas élite de la “High-School-for-Girls“. Motivadas por la pulsión y el tedio pubescentes, las jóvenes gastan sus tardes cumpliendo desafíos y castigos como beber los renacuajos de un charco, acostarse en el suelo mientras zigzaguea una serpiente, firmarse las espaldas con lápiz puntiagudo,  estrangularse hasta casi perder el aire o lamer la menstruación ajena. Igualmente, aficionadas por las creepypastas –historias de terror que circulan y mutan en la red–, se cuentan relatos escalofriantes sobre otras deidades y universos paralelos, madres que se comen a sus hijas, seres antropomórficos o retos autolesivos parecidos a los de la “ballena azul” [*recomiendo no googlear*]. Todo ocurre en un edificio desahuciado que toman como guarida para indagar en “los límites de lo que podía hacerse en un lugar sin adultos y sin reglas”. Para este punto de mi lectura, yo recordaba con repulsión Fist of Zen, aquel show de MTV, o todos aquellos programas que veía entre los dedos de mi mano y a hurtadillas: concursos de personas comiendo insectos o metiendo sus cuerpos entre vísceras y otras sustancias.

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A pesar de que parecen distintas, Miss Clara y sus alumnas comparten tanto la necesidad inexplicable de lastimarse como el desdén y la represión que han recibido de sus progenitoras. A través de esta novela, Ojeda también explora relaciones afectivas cargadas de violencia: entre madres e hijas, entre maestras y alumnas, entre amigas y amigas. Es la constatación, desde lo íntimo, de que llevamos el horror, la posibilidad de causarlo, en el dorso de la mano o incrustado en las encías. Frente a ese despliegue de secretos, culpas, venganzas y complejos, la autora no teme jugar con imágenes de la cultura mediática contemporánea: referencias a JBalvin y Bjork, Stranger Things y Slender Man, XVideos y Robert Pattinson, así como prácticas de las redes sociales virtuales (filtros, historias y boomerangs de Instagram), igual que en su novela anterior: Nefando (2016).

Por último, es preciso anotar el hilo que recorre todo el laberinto: el cuerpo, siempre el cuerpo; el cuerpo como “mapa orgánico de los terrores”. Pasadas tres cuartas partes del libro, aparece una tarea de clase, un texto ensayístico: Annelise desafía la consigna de escribir un resumen sobre los relatos de Edgar Allan Poe y entrega a Clara una composición distinta. Con una redacción inquietantemente madura, la estudiante analiza el “horror blanco” en la literatura (ese miedo a la nada pura, a la limpidez de un color que puede transgredirse en cualquier momento, como el silencio previo a una masacre gore en las películas) y luego hace ver a su profesora que se trata del mismo pavor que le provocan los cuerpos adolescentes, “edad que representa el vacío y la indefinición”.

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De ahí que el texto sea también una expedición hacia adentro de la blancura, que aparece en distintos campos semánticos y en la elección onomástica de la protagonista. Mandíbula, entonces, se sumerge en la representación del cuerpo como pura potencia; el cuerpo como devenir abierto, descarnado y vulnerable que genera miedo porque “la mayor parte del tiempo olvidamos que somos animales que están compuestos por órganos que parecen sacados de una pesadilla”. Tal vez es el mismo afecto que a mí me obliga a retroceder frente a la carne cruda, e incluso ante fiambres y embutidos rosáceos que siempre tienen un cariz lustroso y blanquecino.

Mónica Ojeda articula con pericia un texto hipnótico en el que nos encontramos con la fotografía de una imagen monstruosa y clandestina, con los diálogos entre un psicoanalista y su joven paciente, con la oportunidad de descubrir cuál de los personajes le dice a otro: “Quiero que me muerdas”, “Quiero que me muerdas muy fuerte”, y con la necesidad de evitar que Clara caiga en una nueva y retorcida trampa. Sin embargo, el vértigo del arco narrativo no deja a un lado el trabajo detallado con el lenguaje: figuras retóricas y campos semánticos asociados con los animales, las bestias, los dientes: “risas tentaculares”, “frustración escamosa”, “dedos que parecían orugas”, “un barranco repleto de colmillos y de cerrojos”. Es un texto que tiene las fauces bien abiertas como los cocodrilos (que tragan de golpe, sin masticar) y que amenaza con enfrentarnos a nuestros miedos blancos más perturbadores e irrepresentables.


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