Ir solo al cine: otro tipo de intimidad

Por: Gallo Molina  (joseantoniomolinavega@gmail.com)

Ir solo al cine parece, al principio, una idea incómoda, algo patética, como suelen parecernos todas las que giran en torno a salir de la zona de confort. Sin embargo, me ganó el afán por acercarme a otro cine, ese en el que se concentran mayoritariamente los críticos y las críticas, y que nunca —o casi nunca— acapara los espectaculares de la ciudad, las estaciones del metrobús o los invasivos comerciales en YouTube. Hace un año fui sin compañía a ver dos de las mejores películas del 2018: Shoplifters (Un asunto de familia), del japonés Hirokazu Kore-eda; y Roma de Alfonso Cuarón. 

La primera se proyectaba en una sala de arte al otro lado de la ciudad. Una razón más para pensármelo dos veces, por si el hecho de que me vieran raro o de manera condescendiente no fueran suficientes. Para mi sorpresa, mucha gente acudió a ver Shoplifters esa tarde. Lo no tan sorprendente fue notar que yo era el único individuo sin acompañante. 

Con Roma, expuesta en un número limitado de salas, tuve menos inconvenientes, y me trasladé al Cine Tonalá para verla. De nuevo, en solitario. 

La película (Shoplifters) comenzó, y el feeling era como estar inmerso en el intro de Casos de la Vida Real: “Acompáñenme a ver esta triste historia”, lo cual es una sensación irónica. Por un lado, parece antinatural; por otro, nadie le presta demasiada importancia. También implica varios factores en los que no piensas previamente:  

1- No tienes a alguien que te sirva de “espejo” para rebotar puntos de vista respecto a la película.

2- Si no entiendes algo, ¿a quién le preguntas? 

3- Si te emocionas o conmueves, no hay interlocutor al cual expresarle aquello que te invade, por lo que solo te queda situar la vista en la pantalla… y dejarte absorber. 

La soledad aminora cuando te fundes con la película. ¿Todos los filmes tienen la capacidad de hacerte olvidar, por unas horas, la realidad? No lo sé. Tiendo a pensar que los grandes efectos especiales y batallas épicas son más propensos a ello pero, las películas que escogí, alejadas de lo comercial,  lograron que me diera cuenta de que ir al cine en solitario es un precioso salto al vacío. 

De cierto modo, la era digital nos ha robado un poco de la intimidad a la que podemos aspirar cuando disfrutamos de una película. Si en verdad queremos verla, debemos poner el teléfono en modo avión, e incluso meterlo en un cajón para no ser tentados y “checar si no ha pasado nada relevante”. De lo contrario, nos veremos en la necesidad de pausar una y otra vez la experiencia, y ésta se pierde, al igual que nuestra concentración. 

Una persona también puede funcionar como distractor: cuando se levanta al baño, cuando hace alguna pregunta, si saca su celular, si va por palomitas, si grita o se espanta o se ríe en donde no debería. 

La necesidad de compartir cada experiencia, ya sea a través de las redes sociales o conversando cara a cara, nos priva, precisamente, de generar experiencia. En cambio, interiorizar cada emoción y pensamiento liberado a través de lo visto en pantalla resulta sumamente íntimo y personal. 

Abandonarme a la historia resultó en algo muy vívido, placentero y hermoso. Descubrí que una película de la que no sabes nada —o muy poco— y a la cual te entregas, puede llegar a traspasarte y afectarte, para bien o para mal, de maneras únicas y valiosas: una familia japonesa que “adopta” de manera ilegal a una niña, en cuyo hogar era maltratada e ignorada, y que termina por unírsele. Una familia mexicana de clase media y de su relación con una mujer indígena que trabaja encargándose de las labores del hogar; sus expresiones racistas y su cariño —genuino o no— hacia ella. 

Las películas son historias, y cuando uno está contándote algo, es mejor mirar y escuchar, como si no existiera nadie más. El arte ya es un acompañante en sí mismo, por lo que es satisfactorio ser tantito egoístas y celosos con nuestra soledad. 

Mi recomendación: hay películas que se disfrutan más en compañía (de acción, comedia, cómics, ciencia ficción); pero hay otras que requieren de otro tipo de intimidad, la de la butaca que solo te permite mirar al frente. 

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Foto de portada: Pexels

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