El huésped agrotóxico (sobre La Compañía, de Verónica Gerber Bicecci)

Por: David Loría Araujo  (dloriaa@hotmail.com)

“El huésped”, que pertenece al libro Tiempo destrozado (1959), es el relato más leído y estudiado de Amparo Dávila. Está narrado por una mujer anónima, cuya casa es ‘tomada’ por un extraño inquilino que su esposo la obliga a hospedar. Este parásito de naturaleza incierta se dedica a hostigar y aterrorizar a la protagonista, a sus hijos y a Guadalupe, quien hace las labores domésticas. Frente a la indiferencia y el gaslighting del marido, el pavor sustituye a la paz de la amplia casona, proyecta una sombra sobre los jardines, pasillos y rincones del hogar, hasta que las dos mujeres urden un plan para matarlo.

Sesenta años después aparece La Compañía (2019) de Verónica Gerber Bicecci (Ciudad de México, 1981). Se trata de una pieza que emplea el texto de Dávila como antecedente, como base sobre la cual construir un fotorelato agrotóxico. El argumento, ahora, aborda las consecuencias medioambientales de la extracción de mercurio en el estado de Zacatecas, mismo lugar donde nació y creció Dávila. En un lapso que se extendió desde los años cuarenta hasta los ochenta, pasando de propietario en propietario, las minas generaron cuantiosas ganancias económicas pero no poca derrama de sustancias tóxicas para los cuerpos de los y las habitantes de San Felipe Nuevo Mercurio.

La autora hace adecuaciones a los tiempos verbales y a las personas gramaticales del texto original anterior y, además, sustituye actualiza el sintagma “El huésped” por “La Compañía” y “Guadalupe” por “la máquina”. Donde antes Dávila escribió “Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje” (19), Gerber Bicecci compone:

La Compañía 1

La “artista visual que escribe” (como ella misma se define) abstrae el trasfondo común entre el argumento de Dávila y el extractivismo zacatecano: un poder masculino que se impone sobre un espacio feminizado: una casa o un territorio que son penetrados, así como los efectos ponzoñosos de una expansión paulatina y ominosa. Bajo los terrenos de esa zona de la Sierra Madre Oriental se ramifica una serie de túneles que, como el huésped del cuento, disminuye a los cuerpos que toca. Asimismo, el montaje de Gerber Bicecci da cuenta de una mirada hegemónica que, desde el privilegio de género, no es capaz de ver el peligro que representan estas intromisiones para la vida. “Es completamente inofensivo […]. Te acostumbrarás a su compañía” (19), dice el marido de la protagonista.

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La Compañía va dando cuenta, a través de una estructura fragmentada y en viñetas, de la evolución del lugar, del valor económico del mercurio ante el armamentismo del siglo XX y de cómo la inhalación de partículas de sílice o cristales de carbón y el depósito a la intemperie de “bifenilos policlorados”, producidos por la transnacional Monsanto, provocan inflamaciones, sangrados y malformaciones, así como otros padecimientos: “El mercurio se queda en el ambiente [biodisponible]. Produce falla renal y locura cuando es muy grande la intoxicación. Hay un momento en el que te llega a provocar daños mentales” (131). Del mismo modo, se reporta la incidencia de abortos espontáneos y cánceres.

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Por tales motivos, encuentro en esta obra un gesto ecofeminista. Para Margarita Carretero González, el ecofeminismo es el entronque teórico-filosófico “dedicado a estudiar el modo en que la opresión que las mujeres sufren en la sociedad patriarcal es un reflejo del que el ser humano ejerce sobre la naturaleza no-humana” (178). Si extrapolamos esa perspectiva a la crítica literaria, andamos rastreando, en concreto, textos que vinculen el deterioro ecológico con la precarización de los cuerpos mayormente vulnerados y no privilegiados por el sistema. Por lo tanto, me parece que Gerber Bicecci se une así a las coordenadas de La novia oscura (1999) de Laura Restrepo, Fruta podrida (2007) de Lina Meruane o Distancia de rescate (2014) de Samanta Schweblin, entre otras narrativas que tematizan el antropoceno heteropatriarcal y, como afirma Betina Keizman, se adhieren al “colapso de la antigua distinción humanista entre la historia natural y la historia humana” (231), diluyen las fronteras entre lo humano y lo no humano. ¿Es por eso que su portada, compuesta por un mapa de las minas en ‘espejo’ nos hace pensar en un insecto, en un bicho?

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Este cuestionamiento fronterizo también compete a las elecciones formales del libro, como ha ocurrido en publicaciones anteriores de la autora. La pieza transgrede los límites impuestos entre los géneros literarios (cuento, fotonovela, crónica, reportaje), porque yuxtapone el texto de Dávila con imágenes (fotografías en blanco y negro cuya sobreexposición ‘quema’ los márgenes de los objetos y los espacios: carreteras, cactáceas, canteras, barriles, edificios en ruinas), y con los trazos geométricos del también zacatecano Manuel Felgúerez. Por si fuera poco, el proyecto tiene diversos antecedentes, entre los que se cuentan una instalación y un ‘oráculo’ web: “La máquina distópica”. ¿Es este experimento con un bot virtual la sustitución del trabajo doméstico de Guadalupe en La Compañía? En la producción esta autora la imagen no cumple una función complementaria o subordinada, acompañando o ilustrando el texto, sino que, como argumenta Roberto Cruz Arzabal, conforma un dispositivo que amplía las poéticas materiales (305) y que pone en práctica la ‘desapropiación’ que postula Cristina Rivera Garza en Los muertos indóciles.

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Para finalizar, hay que mencionar que la impronta ecológica igual está presente en Otro día… (Poémas sintéticos) (2019). En esta pieza, publicada al mismo tiempo que La Compañía, la artista reescribe haikús de José Juan Tablada y los intersecta con la crisis medioambiental. Las portadas de ambos libros (1919, 2019), son efecto de otra yuxtaposición o palimpsesto, que puede observarse en la última imagen de esta reseña. A un siglo de haberse publicado Un día… Poemas sintéticos, Gerber Bicecci actualiza los antes admirados elementos de la naturaleza: ríos crueles, agriculturas colapsadas, pinzas biónicas y, lo que más me interesa, enfermedades como el cáncer por efecto de los agrotóxicos. El poemínimo “Las nubes”, incluso, puede leerse como puente entre ambos artefactos. Sin duda, la relación entre el acercamiento ecofeminista y la resistencia a los dispositivos textuales estancos es línea clave para la investigación presente sobre la obra de la autora.

Tablada y Gerber Bicecci LAS NUBES


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