Mientras llega la noche (sobre Éste es el mar, de Mariana Enriquez)

Por: David Loría Araujo (dloriaa@hotmail.com)

Leí “La multitud” de Ray Bradbury por recomendación de Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973). Aunque me hubiera gustado, no hablé con ella directamente, ni la contacté a través de plataformas sobrenaturales para preguntarle, además, por qué su apellido no lleva tilde. En varias entrevistas y ensayos, entre ellos “Ficciones imposibles de aplacar”, la más reciente ganadora del Premio Herralde de Novela reconoce dicho cuento como una suerte de password hacia Éste es el mar (2017). El protagonista, Mr. Spallner, sufre un percance automovilístico y repara en la inverosimilitud de un detalle: el poco tiempo que tarda en reunirse una muchedumbre en torno a la víctima de un siniestro, incluso en medio de la menos transitada carretera. Para el personaje, dicha velocidad encierra algo más escabroso, pues es testigo de otros accidentes –o revisa fotografías en los diarios– y observa, entre la gente, a la misma mujer pelirroja, el mismo anciano de labios arrugados, o el mismo niño pecoso, hasta en catástrofes ocurridas en otras latitudes y temporalidades: “Como si fueran una especie de asociación”, concluye Spallner, “Buitres, hienas o santos. No sé qué son, no lo sé de veras”.

Mientras esperamos que Nuestra parte de noche llegue a las librerías latinoamericanas para ser devorada, conviene revisar las sucintas páginas de Éste es el mar y encontrar en ellas a otra clase de cofradía. La brevedad de este obra esconde a las Luminosas, un clan de seres que –como Cloto, Láquesis y Átropos en la tradición clásica– deciden sobre los afectos y el destino de las estrellas del rock, así como de las jóvenes que los idolatran. En conversación con Gatopardo, la autora revela: “Tenía una obsesión por una idea, ¿qué pasaría si, a lo largo de la historia, siempre fueran las mismas mujeres las que han gritado en un concierto de los Beatles, de Elvis o de One Direction?” Lo gótico, que siempre encuentra madriguera en la obra de Enriquez, se introduce a través del fanatismo musical. Se trata de hadas boreales o moiras griegas que confabulan para espectacularizar la muerte de Jimi Hendrix o Kurt Kobain, con el único objetivo de convertirlos en leyenda y alimentarse de la devoción de sus admiradoras: “Nunca se daban cuenta, las fans reales. […] No podían imaginar que muchas de esas chicas que también se arañaban la cara y amaban con locura no eran humanas”. ¿Alguna vez nos habíamos preguntado por qué la mayoría de estos íconos ha muerto en soledad y bajo sospechosas condiciones?

Compré Éste es el mar en España, en 2018. Leí sus primeras páginas en un mirador desde el que se veía casi todo Barcelona. Me pregunté, entonces, por aquellas fuerzas oscuras que recorren la obra de Enriquez: intensidades y potencias arcanas, a veces materializadas en cuerpos, que avientan a sus personajes a la intemperie y voluntad de otras subjetividades. Es el caso de Helena, quien bajo el disfraz de asistente personal está al cuidado de James Evans, vocalista de la banda Fallen, para quien urde una trágica despedida. Al principio, debo confesar que la nouvelle me pareció irresoluta, vacilante. Consideré que Enriquez había jugado con el ‘fantástico-maravilloso’ y creado las reglas de unos personajes alternos cuya acción se limitaba a unas escasas 125 carillas. Sin embargo, como ocurre en el cuento de Bradbury, se abrieron otros cerrojos que, al menos para mí, permanecían ocultos en la obra de la porteña: ¿No son aquellas presencias posthumanas las mismas que conducen a los cuerpos de los cuentos “Ni cumpleaños ni bautismos” o “Carne” (en Los peligros de fumar en la cama, 2009) y “Fin de curso” (en Las cosas que perdimos en el fuego, 2016) a la catástrofe?

El libro es un montón de ojos desorbitados y bocas desencajadas; un escampado donde resuenan los altavoces de un concierto; una caterva de rostros ubicuos tras el escaparate de una tienda de vinilos; un afiche pegado en la pared que, súbitamente, se vuelve un portal; una canción de cuyo sonsonete no podemos liberarnos; una sociedad secreta que organiza los pasadizos entre las creaciones de un artista. Desde que leí esta novela no dejo de pensar si los ancianos que empacan en el súper, las enfermeras del hospital donde pernoctó mi madre o las mujeres malcaradas que atienden en las mercerías forman parte de una misma secta. Tal vez ellas y ellos no, pero seguramente la clave política de Éste es el mar se encuentra en todas esas variaciones del capitalismo que colonizan nuestra intimidad o nos hacen creer que alguna vez la poseímos.

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