Perdí mi foto favorita (sobre Entre los rotos, de Alaíde Ventura Medina)

Por: David Loría Araujo (dloriaa@hotmail.com)

Para Sylvia Aguilar Zéleny.

He extraviado una fotografía muy importante. En ella aparecemos, en la sala de un hospital, mis dos abuelas y yo. Ahí estamos (porque siempre hablamos de las fotos en presente continuo) esperando el nacimiento de Adriana, mi hermana menor. Llevo en la memoria sus atuendos noventeros en tonos sepia. Yo, en el centro, visto rayas color pistache: el uniforme del kínder. En octubre encontré el viejo álbum de tapas verdes, pero en lugar de esa imagen figura un recuadro en blanco. Definitivamente no recuerdo quién tomó la foto (no fue mi papá, porque a él sí lo dejaron entrar al quirófano); pero seguramente la persona que oprimió el obturador no imaginó, nunca, que quienes aparecíamos íbamos a nacer, alguna vez, un cáncer en el cuerpo. Comienzo a creer que, así como ellas, la imagen ya no existe y no va a regresar a su sitio.

Lloré Entre los rotos (2019), la más reciente novela de Alaíde Ventura Medina (Xalapa, 1985) hace quince días, cuando mi madre regresó al quirófano después de 23 años. Histerectomía radical, de emergencia. Mientras leía, dejándome arrastrar por una puntillosa ternura, a mi madre le removían algo parecido a un monstruo anidado en su vientre. Mi padre y mi hermana, cabizbajos en la sala de espera, bebían café con parsimonia y pocas palabras. Tuve miedo. Temí que el equipo, el cuarteto que formamos, tuviera que reconfigurarse de pronto, sin aviso previo. Que la sagacidad de mi madre no volviera. En medio del color blanco de la clínica, sólo interrumpido por luces y ornamentos navideños, el texto de Ventura ablandó mi dolor.

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Los personajes de la novela también eran cuatro, una familia titubeante. La voz narrativa corre a cargo de la hija mayor, una joven con “un nombre difícil de pronunciar” –tal vez Alaíde– para el que “la lengua inexperta se atora al tocar el hiato”.  A través de una sentida écfrasis, se vale de viejas fotografías para traer al presente las rupturas de su tribu. Ante la feral violencia del padre, la madre ha coleccionado un mapa de heridas y el hermano menor ha dejado de hablar, ha conjurado el silencio como resistencia, el mutismo como postura política y, después, el sigilo como acústica de vida. Después de la “presencia estruendosa y gigantesca” de aquel hombre, quedan el hermetismo y la omisión, un lenguaje vacío que se materializa e invade la casa. “Solamente quien ha vivido con una persona silenciosa”, declara la protagonista, “entiende de qué manera el silencio puede llenar los espacios, apropiarse de ellos” (33). Es una novela sobre el enmudecimiento que, a su vez, invita a la lectura en voz alta y, de pronto, hurta el aire con frases y sentencias bien cronometradas.

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Ganadora del quinto Premio Mauricio Achar, está escrita con fragmentos. Listas de detalles tan anodinos como incisivos que iluminan, con ironía y sosiego, zonas oscuras de las relaciones. Conserva sólo lo necesario (aunque ello incluya notas de compra en el Oxxo), como quien ha aprendido a mudarse con ligero equipaje, como caracol. Tiene la prolijidad de un cuento, la sintaxis de la poesía y la densidad de un ensayo. La crueldad de cómo heredamos y reproducimos la violencia. Parece escrita en condiciones de perdón y cobijo, al abrazo de una taza caliente. Asimismo, es una novela sobre la complicidad y la traición: muestra todas las guerras que son el hogar. Es el lugar donde estuvo un moretón hecho en casa. Es un hematoma que ha sanado, pero que todavía duele al tacto. Cada día me sorprendo más de cómo las autoras mexicanas, tal vez las más jóvenes, palpan y palpitan el terreno de los afectos: Umami, de Laia Jufresa; Restauración, de Ave Barrera; Casas vacías de Brenda Navarro; Entre los rotos.

Una tarde, cuando hacía guardia en el hospital, me llegó un WhatsApp de Gallo. Su mensaje cortó el silencio de la habitación aséptica: pronto publicaríamos una entrevista con Alaíde; el relato de una conversación que, como la novela, tendría que tener no pocas elipsis. Un día después, recibí una nota de voz de Sylvia Aguilar, en la que se escuchaba mucha luz. Yo había estado pensando en ella, porque mientras revisaba el texto oía el ritmo de su lectura. La literatura seguía abrazándome de formas inesperadas y las distancias de rescate se expandían. La sala de espera, donde alguna vez aguardé con mis abuelas, migró hacia otros horizontes. Ahora mamá está mejor, aunque algunos días me parece que es otra; como si al quitarle el órgano hubiera perdido, también, el aliento. La foto sigue extraviada y la recuperación será larga.

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Un comentario en “Perdí mi foto favorita (sobre Entre los rotos, de Alaíde Ventura Medina)

  1. Ya pedí el libro porque “el mutismo como postura política y, después, el sigilo como acústica de vida” es una frase que además de resonar en fibras íntimas me genera preguntas en torno al autismo. ¡Gracias por la lectura!

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