Entrevista a Alaíde Ventura: escribir autoficción u otra manera de apropiarse del mundo

Por: Gallo Molina  (joseantoniomolinavega@gmail.com)

Alaíde Ventura, quien escribió uno de los libros más desgarradores que leí el año pasado y, al mismo tiempo, una de las tuiteras más cagadas y agudas que puedes encontrar en tu time line, me citó en el café Delirio (CDMX) para esta entrevista. ¿La razón? En la fondita donde comió antes de vernos le ofrecieron papaya de postre, un crimen que no perdonaría.

Mientras cucharea el frasco en el que le sirvieron una pavlova —especie de mostachón—, me cuenta de su visión para escribir literatura young adult.

Desde tu experiencia, ¿cómo es escribir para adolescentes?

Es entrar en contacto con la persona que fuiste. Alcanzar a saber en la superficie que las personas se comportaban de una determinada forma, y ya eras capaz de criticarlo, juzgarlo, analizarlo, pero no lograbas entender por qué adentro, cuál era la motivación. 

Me acuerdo que cuando yo tenía esa edad no existía la literatura young adult, y un poco me hacía falta. Es como cuando los programas están doblados en un español que no es el tuyo. Y sientes “puedo entenderlo, pero también siento que esto no está dirigido a mí”. 

¿Nickelodeon? 

¡Ajá! 

¿Se te complica escribir con esa voz? 

Me sale natural. Siento que un poco no es una voz por edades sino una que sea auténtica. No importa la edad. Si una persona es auténtica y a los cuarenta  te cuenta una historia, no va a tener edad, ni temporalidad, va a ser una historia flotando en el universo, como las anécdotas de Bolaño, las digresiones de sus historias principales son universales. O sea, las podría estar contando hombre-mujer, niño-niña, un anciano, y son redondas. 

Siento que entiendo a la ligereza

Siento que se me da el juego. Soy una persona que siempre está contando chistes. Siento que entiendo a la ligereza. Par mí es mucho más fácil escribir como escribo en Twitter que realmente escribir sobre lo serio, porque eso implica una exploración y un dolor cabrones; y lo otro son mecanismos de defensa, o sea, el humor es un mecanismo de supervivencia que manejo todo el tiempo y que aparte ya lo tengo bien controlado. No es inconsciente, no soy de esas personas  que se ponen nerviosas y cuentan un chiste. Yo ya sé en qué momento lo hago. 

En Twitter parece que estás tuiteando lo que se te ocurrió al momento, pero también se nota que hay una intención y un pensamiento detrás. ¿Cuál es tu proceso?

En Twitter sí es lo primero que me viene a la cabeza, pero sí tengo muy construida una voz, que soy yo, o que me gustaría ser yo, porque no te voy a decir que así como soy en Twitter soy yo, no realmente. Cuando me burlo de algo que me acaba de pasar lo que en realidad estoy reflejando es un anhelo de empatía o de gracia o de encontrarle algo bueno a algo malo, ¿no? No es inocente, las cosas que tuiteo no son inocentes. Ay si no, quote (risas). 

Va a estar entre los highlights de la entrevista (risas). 

Nada en Twitter es realmente superfluo. Cuando entramos en uno de estos debates estériles neuróticos y nos enemistamos, no es superfluo, o sea, habla de muchas capas sociales, intelectuales. Hay mucha gente que dice “ay, es que Twitter es pura mamada”. 

Pero esas mamadas dicen mucho. 

 Yo creo que decimos mucho en redes sociales, como sociedad. A nivel individual si tú ves mi timeline pues sí soy cagadona, pero también hay un chingo de dolores ahí y de  incomodidad. 

¿No tienes reparo en mostrar ese lado?

Yo creo que las cosas que recibes del mundo —esto yo creo que a de ser filosófico, la verdad no lo sé porque no he leído mucha filosofía; mi amiga Sof diría “esto es kantiano” o algo así— ya son tuyas. O sea, tú eres una persona, Gallo, pero ya en esta interacción yo ya me apropié de ti. Si yo ahorita quiero llegar y hacerte un personaje, e incluso ficcionarte, cambiaría tu nombre aunque sea, ¿no?, si estoy ficcionando pondría Goyo, y en vez de decir que venías de negro pongo que venías de blanco, y ya te cambio, ¿no?, pero yo ya me apropié de ti, y no puedes hacer nada contra eso. 

Las cosas que tuiteo no son inocentes

Entonces para mí ex novios, mis papás, al principio tuve conflictos, pero insisto, insisto, insisto en que es narración, son cosas a través del lenguaje que son un reflejo de la vida real, pero son un reflejo de cómo las cosas hubiera querido que fueran, cómo debieron ser, cómo yo creo que se acomodan mejor para hacer reír, pensar, llorar. No somos historiadores, somos escritores. 

Tú manejas muy bien la autoficción en tu blog, del que me declaro fan, ¿tienes alguna medida de lo que vas a ficcionalizar y lo que no? Porque luego no me queda claro si es real o no…

Todo es real. 

Parece que todo es real y luego pienso…

Todo es real. 

¿Neta? ¡Pero lo va a leer muchísima gente!

Todo es real siempre y cuando no perjudique. Yo no sería capaz de ir y escribir “Gallo me dijo que su novia se puso fea”. Yo no podría hacer eso. Si voy a hacer eso entonces te convertiría en otro ser, ya ni siquiera Goyo, te pongo Pedro. O sea, sí cuido a mi gente real. Si estás hablando de tu vida hay personas involucradas, y no por no herir susceptibilidades, pero pues sí como por no arruinarles la vida. 

Yo creo que las cosas que recibes del mundo ya son tuyas

Si piensas en términos narrativos, es difícil que la vida real sea tan atractiva como la literatura. Te das cuenta de que los personajes de la vida real igual y no son los mejores narrativamente. Entonces, como es tu vida, todo embona y todo es real, pero a la hora de plasmarlo en el libro no funciona todo, tienes que quitarle capas, y meterle otras.

¿Cómo sabes cuando un personaje no funciona?

Yo creo que es un poco intuitivo. Un personaje que no aporta a la trama, para mí por ejemplo, si tienes un personaje en una novela, que es dentista, pero a lo largo de 500 páginas nunca tuvo importancia que fuera dentista, pero en cambio, si se obsesiona con esto de que los dentistas se suicidan un chingo o se la pasa fijándose en la sonrisa de las personas entonces dices “ah, claro, importa que sea dentista”.

En tu novela (Entre los rotos) hay un equilibrio muy cañón en cuanto a que me estás diciendo un chingo sin decirme un chingo. ¿Cómo se logra eso?

Fernanda (Melchor) me dio el consejo práctico de, justamente hablando de esto, del show don’t tell, que es como un tema recurrente porque ahorita en mi maestría hay un debate: siempre los talleristas han dicho “show don’t tell”, o sea, no me digas “me sentí triste” sino demuéstrame cómo es esa tristeza: “se me quitó el hambre”, “se me quitó el sueño”; pero los gringos últimamente, en algunos libros que he revisado, hablan del show and tell, o sea, que a veces no está mal decir, sobretodo en el young adult, “me puse tan triste que sentí que estaba lloviendo”.

Lo primero que tienes que hacer para escribir autoficción es ser honesto, hasta con las cosas más culeras

Justo hace poquito Fernanda me dijo que siempre priorice acciones por sobre descripciones. En vez de decir “el gato está enfermo”, decir, “el gato vomitó”. También es medio intuitivo. Pero creo que cuando escribes autoficción lo tienes más claro porque todo es introspección. 

Yo me voy un chingo a Bolaño porque es un genio de lo que para un escritor novato parecen errores. Bolaño atiborra sus textos de “le dijo”, “él dijo”, “y entonces dijo”. Al final, si eres escritor eres lector, sabes lo que te gusta, es una cuestión de estilo.  

Tú sueles repetir muchas palabras, pero no suena mal. 

Yo soy muy repetitiva. Estoy consciente. 

Como que te gusta

Es que creo que sí tiene una función, porque así funcionan las conversaciones. Yo soy muy oral. Prefiero mil veces que me repitan una palabra a que me pongan un sinónimo que se siente forzado. 

¿En dónde radica el “tú puedes escribir sobre lo que sea, todo depende de cómo lo escribas?

¿Puedes escribir de lo que sea? Sí, pero yo no creo que puedas escribir de algo que no conoces a fondo. Yo creo que hay reservas en eso de escribir de lo que sea, porque por eso hay miles de mujeres en la historia de la literatura que son personajes terribles. Las de españoles de cuarenta años siempre son muy guapa, femme fatale, siempre quiere un chingo de sexo, güey, ¿conoces a una mujer así? 

Claro, es más bien lo que el autor deseaba.

Ajá. Y por eso son inverosímiles. Entonces, hasta que salen las mujeres y empiezan a escribir es que hay muchos personajes súper bien dibujados, con los que te identificas en chinga, ¿no?   

Lo primero que tienes que tener es un trabajo propio de autoconocimiento muy cabrón. Porque si no lo que te va a resultar es una pose, eso se nota, y no es buena literatura. Lo primero que tienes que hacer para escribir autoficción es ser honesto, hasta con las cosas más culeras. Si no logras entrar en ese mood mejor busca otro enfoque. Con lo que conectes, de eso escribe. 

¿Cómo fue el proceso de edición de Entre los rotos?

Yo llegué con un borrador a la residencia de Casa Octavia, y ahí con Sylvia (Aguilar). Ella lo que hace es ser la mejor editora del pinche planeta y encontrar los hilos que tú no ves porque ya estás ahí adentro. Ella es capaz de salirse y decirte “aquí hay huecos”. Me acuerdo que me ponía ejercicios y decía, por ejemplo: “entre ésta foto y ésta no hay conexión, ¿qué foto iría?” Te pregunta entre periodista y terapeuta: “entre la foto del lunes y la del miércoles ¿qué hay?” Y tú así de “la del martes”, y ella: “¿y cómo es? Escríbela”. Así, en chinga. Es un proceso súper chingón.    

Con lo de las fotos mi idea era que el libro funcionara cómo funciona la memoria. Cuando recuerdas algo no es ni cronológicamente ni en orden. Mi intención era que las fotos no están en orden cronológico porque nunca están en orden cronológico. Tú ves las fotos de alguien y siempre es como “¿qué chingados así aquí una tarjeta de béisbol?”, y que además cada una le fuera detonando el resto de las piezas. 

¿A qué autoras estás leyendo ahora?

 Olivia Teroba (Un lugar seguro). Está muy chido su libro, son ensayos personales súper valientes, son auténticos, no teme hablar de cosas que incomodarían a los involucrados. También estoy leyendo a Amélie Nothomb, este libro que se llama Biografía del hambre. También ella está escribiendo ensayo personal, también es muy honesta y auténtica, pero yo no me reflejo tanto porque al final viene del privilegio, creció súper privilegiada, es hija de cónsules y así, y ésta otra chava es de Tlaxcala y es provincia, es familia. 

¿Cómo manejas las referencias, la inspiración? 

¿Sabes qué hago? Leer todo, comérmelo todo, y luego dejar pasar tantito. O sea, irme a Xalapa el fin de semana, o a una fiesta, y ya después sentarme a escribir y ver qué anda resonando.    

La literatura trataba de los grandes sucesos, los viajes, las guerras, lo de afuera, y cuando llega la voz femenina con todo, güey, no, lo de adentro

A mí me pasa que de pronto estoy platicando, me viene una idea y digo “¡esta sí!”, la apunto y de ahí empieza a detonar todo. 

¿Crees que las autoras mexicanas están encontrando nuevas formas de narrar desde el cuerpo, la intimidad, los afectos, formas de la violencia de las que no se había hablado tanto?

Sí. Históricamente esas voces no habían sido escuchadas. Y cuando de pronto empiezan a ser escuchadas, ¿de qué más van a hablar? De la casa, la familia, la pareja, la violencia, la infancia, o sea, ¿de qué más íbamos a hablar si históricamente no habíamos salido al mundo a conquistarlo? Primero era esto, la mitad que le faltaba a la literatura. La literatura trataba de los grandes sucesos, los viajes, las guerras, lo de afuera, y cuando llega la voz femenina con todo, güey, no, lo de adentro. 

Para mí no es casualidad que la autoficción en México esté siendo escrita por mujeres. Nosotras tenemos la socialización de la información entre nosotras como un hábito desde que nacimos. Yo tengo amigos que no tienen un amigo a quien contarle que no cojen. Y nosotras chats, cafés, fiestas, soltar absolutamente todo. Ha sido un mecanismo de defensa para nosotras. El socializar sobre nuestra vida con otras mujeres ha sido en busca de consejo como: “Güey, mi esposo me pega, ¿qué pedo?” Y alguien más te dice “aguanta” o “vete” o “así son”, siempre ha sido así. Un hombre no va con otro hombre y le dice: “le pego a mi esposa”.

Alaíde es autora de las novelas Como caracol (premio Gran Angular 2018) y Entre los rotos (premio Mauricio Achar 2019). Actualmente estudia el MFA en Escritura Creativa de la Universidad de Texas en El Paso. Escribe el blog #PizzaYYogurt en la revista Este País.

Foto de portada: cortesía

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