En la punta de la lengua (sobre Aves migratorias, de Mariana Oliver)

Por: David Loría Araujo (dloriaa@hotmail.com)

Para Carla Rivera, quien tiene “una punta en la pregunta de la lengua”.

Tener algo en la punta de la lengua es un fenómeno memorístico común. Un obstáculo en la recuperación de un recuerdo que tan solo flirtea con volver. Sin embargo, persiste la sensación de su regreso inminente, que a muy pocos no nos quita el sueño. Cuando se acerca una persona extrañamente familiar y no podemos nombrarla; cuando una melodía lubrica nuestra memoria musical; cuando las casillas de un crucigrama vaticinan intolerancia a la frustración. Para mi sorpresa, este proceso es objeto de investigaciones en psicología, se acorta con las siglas «PDL», numerosos estudios aducen su incidencia entre dos y tres veces por semana y, claro, como lo sospechaba, advierten que incrementa con la edad. Yo pienso, a diferencia de estos análisis, que tal vez no se trata de una falla espontánea en las neuronas; sino que las palabras, o bien padecen agorafobia, o bien desean permanecer más tiempo resonando dentro de nuestro cuerpo. 

Conozco a Mariana Oliver (Ciudad de México, 1986) desde hace poco más de año y medio. Cuando leí la dedicatoria que escribió en mi ejemplar de Aves migratorias (2016), en su infalible tinta verde botella, no imaginé el porvenir de sus páginas: un libro sobre el viaje, la casa, el cuerpo y el lenguaje. Un libro honesto, acogedor y calculado; adjetivos que usaría para describir un refugio. “Con cariño y emoción por la amistad que viene”, firmó. Ahora que me considero su amigo, le puedo decir que los textos que motivan estas líneas me han sanado en momentos de dolor. “El dolor hará que nos recordemos” (29) dijo la ensayista que dijo Casandra, adivina a cuya lengua nadie creyó.

Lo he leído muchas veces, sobre todo porque lo comparto cada semestre con mis estudiantes. Los diez pasajeros de la travesía, una decena de ensayos breves, demuestran una capacidad envidiable –entrañable, digamos– para constelar universos remotos; para coleccionar los objetos más disímiles. Oliver traza contigüidades entre el color de una manzana y la destreza para volar aviones. Con el mismo esmero, contempla una bomba que nunca explotó y una antigua videocasetera. Con diferentes intensidades afectivas, bordea tanto proyectos como ruinas de edificaciones: el muro de Berlín, una torre de películas en VHS, una ciudad hecha de túneles, el plano de una casa. Los vuelos de una bandada de grullas y de la artista cubana Ana Mendieta, con aterrizajes tristemente distintos. En el salón de clase, hemos acordado que el texto “Normandía” destaca por exponer, con más ahínco que sus nueve compañeros, la conexión entre lo íntimo y lo político. Lo que ocurre con el ensayo sucede con las sinapsis que detonan el «PDL». Las y los neurolingüistas aseguran que olvidamos palabras porque sus conexiones no dependen del significado, sino del curso de pensamiento que las embona con otras.

“Las lenguas delatan las debilidades e inclinaciones de quienes las hablan” (37), consigna la autora. No son pocos los idiomas que emplean el equivalente a «lengua» como término para nombrar esa minúscula amnesia que es el «PDL». “On the tip of my tongue” en inglés, “sur le bout de la langue” en francés, “na ponta da língua” en portugués, “auf der Zungenspitze” en alemán”. ¿Qué hay en ese trayecto, en esa pesquisa, que es más superlingual que «sublingual»? En todas las expresiones persiste el músculo bucal como una zona liminar en cuyo borde se apresta la palabra; como un pájaro que está a punto de salir de un reloj cucú, pero se atrasa. El libro es todo menos esa sensación de extravío. Es más, reformulo: Aves migratorias es el abrazo con la palabra perdida.

Cuando brota la palabra buscada, tenemos que enunciarla para materializar lo que estaba perdido. Pasarla por el cuerpo para asir o aprehender un encuentro que sólo tiene el disfraz de una epifanía; como cada vez que volvemos a casa –que para la escritora es “una ruta anclada en la memoria” (13)– y comprobamos que todo sigue en su sitio. Las reflexiones de Mariana Oliver nos invitan a pasar sin visa entre varias lenguas, principalmente el alemán, porque su autora es experta en germanística: “Deberíamos adoptar palabras de cualquier idioma en nuestro lenguaje […]. Hacer de la lengua materna un espacio abierto donde quepa cualquier palabra que elijamos o hallemos por casualidad” (38). Hacer de la lengua una casa común, un refugio para las serendipias.

Volví a Aves migratorias porque necesitaba un apapacho. Cuando comencé a escribir estas reseñas, pensé que sería el primer libro comentado, pero tuvo que cuajar por más tiempo en la punta de mi lengua. Fue Mariana quien me ayudó a mudarme, la penúltima vez. Fue su libro el que vendó mi herida. “Quizá nada nos enceguece más que la esperanza” (31) recordé de sus páginas mientras subíamos mis cosas a su automóvil. 

Aves migratorias, que acaba de reeditarse por el sello Tragaluz en Medellín, pertenece a los libros que han sido escritos con sabiduría. Y sí, me refiero a textos que, sin derramar presunción, son ejercicios de inteligencia, despliegues de conocimiento. Fue su autora quien me dijo que un ensayo literario requiere hasta más investigación previa y revisión bibliográfica que uno de corte académico. Su primera publicación, ganadora del Premio Nacional de Ensayo Joven, lo comprueba. Pero con «sabiduría» también me refiero –y con más acento– al fervor por el «sabor», al «gusto» por el descubrimiento. Los ensayos de Oliver pasan la punta de su lengua por palabras, texturas y atmósferas, y luego paladean lo que han encontrado: la satisfacción de dar con lo que se buscaba, el anuncio del hallazgo se frasea en voz alta.

Mariana dice que la escritora Emine Segvi Özdamar sentencia: las palabras necesitan tiempo para sanar. Y esta es otra más de las razones por las que tarda su funambulismo en la «PDL» (y por las que retrasé mi reseña por un rato).

 

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