Una fe en la vitrina

Por: Gallo Molina (joseantoniomolinavega@gmail.com)

Hace un mes concluí un taller de novela, en el cual nos recomendaron un libro que sirviera como referencia para nuestros textos. El mío fue Retrato de un artista adolescente de Joyce. 

Terminar de leer la historia de Stephen Dédalus, un joven que asiste a una escuela jesuita en Irlanda experimentando un proceso de pérdida de fe, me recordó algo que llevo sintiendo más de un año: ¿creer en un dios sirve para algo?

Hablar de fe es hablar de algo personalísimo que a unos les parece ridículo y a otros, sagrado. Es el mástil al que se aferra mucha gente cuando les abandona la esperanza; o algo inculcado desde la infancia que nunca prospera ni madura. Un signo de identidad que a veces no significa nada. 

A mí en lo personal me pasa que no me gusta juzgar la fe de los demás porque la veo como un proceso en la vida, de la misma manera, por ejemplo, en la que no podría juzgar a un niño por no poder resolver ecuaciones diferenciales. Así como hay períodos de tiempo en los que ciertas canciones son fundamentales para superar pasajes amargos o, al contrario, que nos recuerdan momentos de mucha alegría, la fe se asemeja a un acompañante más o menos presente según la etapa en la que estés. 

Pero, ¿qué sucede cuando la fe ya no parece necesaria? En ese caso, ¿la fe es una necesidad? ¿Necesitamos creer en algo?

En varios momentos de mi vida me aferré a ese mástil. Sin embargo, ya no conecto con ella como antes. Escribir comedia me ha hecho más sensible a ciertas cosas y menos a otras. 

No he perdido mi fe, pero desde que se redujo a un mero bibelot de mi estantería sentimental ya no sé entonces para qué conservarla, más que como un adorno, un souvenir de viejas glorias. 

En todo caso, la fe seguirá ahí, y probablemente nunca la deseche, pero la religión es, a mi parecer, un obstáculo; la caja de la que me deshice en mi última mudanza desde que dejó de ser un medio por el cual intimar en la fe y se convirtió en un motivo justificado para prescindir de ella. 

Me queda clarísimo que mucha gente dentro de las distintas iglesias trabaja genuinamente para que el mundo sea tantito menos mierda; los jesuitas son un ejemplo de ello —aunque a Dédalus le haya tocado convivir con ellos de un modo deplorable—, pero entre tanto desasosiego me cuesta una inmensidad seguir pretendiendo que comulgo con su paradigma, con sus ritos, con su incansable capacidad de justificación, con su tibieza apocalíptica. 

A veces me confundo y no entiendo si mi fe es producto de mi imaginación, de mi experiencia de vida, de mi educación. ¿Cómo algo puede ser tan personal y único o también, en ocasiones, tan general y cotidiano? Me conflictua el hecho de que no puede abarcar a todos, a todo. O, si puede, no lo hace. Entonces, ¿en qué creer? 

Yo aún creo en un dios paternal pero también bipolar, como lo describe Cerati. Llegué a encontrar en la espiritualidad ignaciana una brújula que me permite volver al mástil cuando la cosa se pone fea, o cuando la felicidad sabe a culpabilidad. 

Un bibelot puede ser una brújula, en su esencia de objeto, pero nunca deja de apuntar al norte, sin importar qué tan desubicado esté el mueble que la contiene. 

A veces la fe se convierte en algo tan profundo y personal que no ve la luz del día. A veces la fe es la luz del día. 

En donde alguna vez hubo sentido hoy solo queda la resaca de los días que fueron buenos.

Foto de portada: Pexels

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