Relato de una medusa que fue araña (sobre Cuerpo extraño, de Jazmina Barrera)

Por: David Loría Araujo (dloriaa@hotmail.com)

Para Nelly, con quien comparto un medusario.

Entre octubre 2017 y mayo 2018 padecí una jaqueca ligera pero testaruda. “Llevo semanas con un dolor extraño, con un mareo indescriptible que llegó para quedarse”, escribí en un correo a mi amiga Nelly. “¿Alguna vez te han dolido los dientes?”, respondió, “No dolor de muelas ni esas cosas. Los dientes, todos, la dentadura completa”. Aunque todavía no me pasaba tal cosa –tras un par de años descubriría ese bozal del estrés–, yo compartía el cuerpo con una medusa que, sin aviso previo, succionaba mis sienes y me sumía en un letargo que inhibía todas mis actividades. Lo peor es que, por más que describía los colores y dimensiones de mi aguamala a especialistas y amistades (sus tentáculos urticantes, su propulsión gelatinosa, sus descargas fortuitas) nadie conseguía entenderme y la cefalea no cedía.

Llegué a Cuerpo extraño (2013) por Mariana Oliver. Estábamos en clase y yo comenté que andaba particularmente interesado en las imágenes animales que algunas personas emplean al escribir sobre sus dolencias. Más específicamente, las figuraciones de insectos como recursos literarios en la representación de la enfermedad. “Jazmina Barrera tiene un texto sobre las arañas”, dijo Mariana, y yo esperé con ansias su préstamo del libro. Por esos días, la medusa había vuelto y mi novio comenzaba a voltear los ojos cada vez que yo la mencionaba. Cuando leí “Migraña”, fue la primera vez de muchas en las que me sentí más comprendido por un texto de una autora que ni me conocía que por mi propio compañero sentimental. Me conmovió hasta las lágrimas desde la primera hasta la octava vez que lo leí: “Cuando duele la cabeza, dueles tú, y cuando dueles tú, duele el mundo” (32), sentencia la autora mientras imagina este padecimiento como una tarántula adherida a sus cervicales.

Entre sus páginas encontré lo que buscaba: “la migraña da esa sensación de que es otro ser el que te oprime, como un fantasma que posara su mano sobre tu cráneo y te estrujara con sus gélidos dedos. O como si fuese un enorme insecto moviendo sus venenosas patas lentamente en tu cabeza” (33).

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Los once ensayos que conforman el libro de Jazmina Barrera (Ciudad de México, 1988) se presentan en formato bilingüe. Las versiones en inglés fueron traducidas por Dave Oliphant. Aunque “Migraña” se volvió mi favorito, compitió por ese puesto “Espalda (lunares)”, en el que la autora aborda las malas posturas y las marcas epidérmicas que llevamos siempre y silenciosamente a cuestas; pero también “Cansancio”, donde discute sobre la fatiga crónica y la hepatitis. En el primero, Barrera cita “El dolor nos da conciencia del cuerpo” (21), y el segundo parafrasea a Virginia Woolf al decir “Qué difícil traducir el cuerpo, ese ente extraño que somos y para el que […] nos falta vocabulario” (26). Las coincidencias no cesaban y las reflexiones se iban abonando a un diálogo que sigo tejiendo entre el libro, mi investigación y mi materialidad corporal.

De este volumen, ganador del Premio Literal de Ensayo en 2013, se ha dicho que “logra un tono familiar y desenfadado que simula el de una conversación fraternal” (García Sánchez) y que “se mueve entre la libertad y flexibilidad propia del género para iniciar una serie de reflexiones en que recurre a su propia experiencia” (Yehya). Las anécdotas son –tan solo en apariencia– sencillas, pero no por ello dejan de disparar la potencia que caracteriza al ensayo: las constelaciones insospechadas que nos permite observar. En este caso, aquello que siente el cuerpo se conecta con algo que parece aún más grande y difícil de comprender. Entre las dolencias más cotidianas de Barrera se esconden, por un lado, las revelaciones más agudas; y por el otro, nuestras únicas formas de habitar el mundo. ¿Quién no tiene un padrastro en el dedo, un fuego en la lengua, una caprichosa caspa o un insistente reflujo que le recuerda, casi a diario, su vulnerabilidad?

La lectura de Cuerpo extraño resulta, a todas luces, sanadora. Sobre todo ahora que estamos a la zaga de nuestros síntomas, y más conscientes de que tan solo somos cuerpos en contacto con los fluidos, las sonidos, los dolores y los movimientos involuntarios y repentinos de otros cuerpos. “Extraño hábito del cuerpo éste de causarse molestias innecesarias, como si no tuviéramos suficientes con las que nos provoca el mundo externo” (11), dice la ensayista en “Tics”. Y extraño hábito el nuestro ese de utilizar imágenes fáunicas, principalmente de animales cuya morfología nos causa fascinación, repulsión u horror, para hablar de aquello que nos atraviesa –que nos pasa por el cuerpo– y no podemos explicar. En mi caso, la migraña vuelve, de vez en cuando. A veces deviene medusa, y otras tantas, araña.

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