Aprendí a deambular en el encierro

Por Gallo Molina  (joseantoniomolinavega@gmail.com)

Antes de regresar, por tiempo indefinido, a Mérida, David me confió algunas de sus pertenencias: una vieja laptop en la que aún se almacenan archivos, supuestamente, valiosos; un morral con ropa; un abrigo de Zara (como para cuando un frío parisiense invada el DF); y, por supuesto, libros, cientos de libros.  

Entre los que me recomendó leer destaca uno por su portada: fondo azul tirando a morado, con un conjunto de  líneas amarillas y verdes que juntas le dan forma a unos rascacielos; en el centro aparece una mujer de espaldas, lleva sombrero, su pelo es largo y anaranjado, mira hacia arriba admirando los edificios El título está escrito en letra cursiva, como con una pincelada. Es una palabra en francés: “Flâneuse”. La primera vez que lo vi pensé que era una agenda.

David dejó separadas las páginas 26 y 27 con una servilleta de la aerolínea Lufthansa (cosa que tuve que googlear porque en el papel solo está el logo y no el nombre), de cuando se lo llevó a Barcelona y regresó sin terminarlo. Así que, confiando en su “recomendación” y juzgando al libro por su portada, me puse a leerlo al mismo tiempo que comenzaba a cernirse la pandemia sobre México.   

Podría decirse que Flâneuse, más que un compilado de textos, es el enorme fragmento de una vida, la de su autora, Lauren Elkin, quien cuenta a través de las páginas su prolongada estancia en París, Nueva York, Tokio, Venecia y Londres (nótese la ironía de leer sobre viajes y paseos en estos lugares durante una cuarentena indefinida).

Pero si bien pudo ser, de cierta manera, como yo había intuido, una agenda personal en donde se narran anécdotas, eventos o amoríos, Elkin eligió contar sus estadías en dichas ciudades de una forma mucho más profunda. Sí, describe ciertos pasajes y romances, pero compaginándolos con libros y películas; y, al mismo tiempo, cuenta la historia de esa ciudad a través de sus referencias, todas mujeres, que dejaron pistas en sus obras para expresar qué significa, en su época, ser mujer y caminar por esas calles o relacionarse con los demás peatones, es decir, recuperar el espacio que les fue negado y por el que hoy aún luchan.  

 La narración comienza describiendo la siguiente fotografía:

Una mujer en París, encendiendo un cigarrillo, y detrás de ella una advertencia: “prohibido anunciarse”. La captura le pertenece a Marianne Breslauer y fue elegida por la autora para explicar el concepto que da nombre al libro: “flâneur”, palabra en francés designada para  los que vagan o pasean por la ciudad sin la intención de llegar a algún lado, solo por el mero placer de explorar y así, de cierto modo, adueñarse del espacio. Si uno ha deambulado por las calles de una ciudad entonces puede considerarse un flâneur. Y, si es mujer, entonces es una Flâneuse.

Así fue como yo, desde mi cama, me convertí en un flâneur imaginario que recorrió, de la mano de Lauren, estas ciudades que jamás he pisado en la vida real. Pero, aun conociéndolas de primera mano, estoy seguro de que mi perspectiva sería completamente distinta después de leer este libro.  

Cuando habla de Nueva York la denomina “Mi primera ciudad”. Se crío en Longe Island, así que aprovecha para criticar lo tedioso que es vivir en esa clase de suburbios pensados para el consumo y una vida acomodada, pero no para trasladarte caminando de un lugar a otro, principalmente por la falta de banquetas. Luego se mudó a Manhattan para estudiar la universidad, y fue ahí, donde cuenta cómo se perdió algunas horas mientras esperaba para reunirse con una amiga, que sintió por primera vez lo que significa, genuinamente, caminar sin rumbo.

Después, París, en donde reside actualmente. La ciudad que logró conquistarla lo suficiente como para querer volver siempre que la abandona. Para explorarla habla de las autoras Jean Rhys, quien deja Inglaterra persiguiendo a un güey y con quien comparte la sensación de que la capital francesa terminó por ser “un refugio”; o George Sand, pseudónimo de Amandine Lucile Aurore Dupin, quien relata lo complicado y, a la vez, excitante de vivir en medio de un conflicto bélico post revolucionario. Elkin Añade cierto romanticismo expresando “la buena suerte” de poder comprar libros rústicos en una calle a la orilla de un río o de sentarse a leer durante horas en la terraza de un café. En ese momento tenía veinte años y “escuchaba mucho a Björk”. Esa primera estadía en Francia significó para ella un  crecimiento personal e intelectual sumamente poderoso.

La siguiente parada fue Londres, contada desde Virginia Woolf, o sea, desde la ruta que tomó la Señora Dalloway cuando decidió comprar las flores para su fiesta por ella misma, de los remates en las calles que ya no llevan a ningún lugar y de las coordenadas que antes representaban ciertos espacios que hoy ya no existen.

Narra su experiencia en Venecia partiendo de la creación de una novela propia; y, en cuanto a Tokyo, describe su mudanza como una cuestión voluntaria pero que careció de iniciativa debido al traslado al que se vio orillada su pareja de ese entonces por cuestiones laborales. Su experiencia en Asia no fue tan enriquecedora como la de otros turistas o residentes temporales, sino una más parecida a la que experimenta el personaje de Scarlett Johansson en Lost in Translation. Haciendo énfasis en la película de Sofía Coppola, Lauren narra su incipiente fastidio y el conflicto que le generaba enfrentarse a la adaptación de un país demasiado lejano a lo conocido. De cómo los días se convirtieron en una incesante búsqueda por cafés parisienses… en Tokyo, y de lo inútil que esto resultaba.

Otra referencia cinematográfica que utiliza para hablar de una ciudad, específicamente de París, es Cleo de 5 a 7, de la directora Àgnes Varda.

Narra la película deteniéndose en los detalles más precisos en cuanto a la forma en la que Cleo va descubriendo su sitio como mujer en París: miradas furtivas al caminar por la calle, su reflejo en un escaparate, un significativo viaje en coche… las mil formas de vagar para descubrir (nos).

Uno de los capítulos finales titulado “Por todas partes”, cuenta las travesías de Martha Gellhorn, fotógrafa y escritora, quien se metió, literalmente, en las entrañas de la guerra civil española para documentar los horrores que vivió el pueblo español a través de anécdotas tan terribles como la de una anciana que, acompañada por un niño, fue alcanzada por un proyectil cuando iban por pan.  

El libro concluye como empieza, en Nueva York, expresando cómo, de cierta forma, nos llevamos los lugares en los que vivimos a dónde vamos, de cómo cada ciudad se convierte en “la vida misma”:

“Déjame pasear. Deja que vaya a mi ritmo. Deja que sienta cómo se mueve la vida a través y alrededor de mí. Dame emoción. Dame esquinas curvilíneas inesperadas. Dame iglesias inquietantes, bonitos escaparates y parques en los que pueda tumbarme.

La ciudad te estimula, te empuja a moverte, a pensar, a querer, a participar. La ciudad es la vida misma”.

Elkin le dedica más páginas a París que a cualquier otra de las ciudades en las que vivió. Escribe sobre ella como quien lo hace de su crush más deseado, con anhelo y solemnidad. Esto fue lo que me movió a escribir sobre Flâneuse, la necesidad de narrarles a otros lo que a uno le hizo sentir mejor, en especial en tiempos donde reina la incertidumbre.

Sin embargo, esto no es una reseña, eso se lo dejo a David (si es que un día decide terminarlo). Uno tiene que encontrar formas de distraerse, incluso viajar, durante el encierro. Y aunque puedes visitar esas ciudades gracias a Google Maps, un texto bien escrito es siempre más disfrutable, en especial cuando logra extraerte de tu departamento en la colonia Nápoles y depositarte en las venas mismas de una ciudad histórica, o sea, en sus calles.

Foto de portada: Pexels

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