La llegada de Moisés y Gaspar

Por David Loría Araujo – dloriaa@hotmail.com

Ayer se nos fue Amparo. Al menos para mí, suya es la muerte literaria más dolorosa. No se trata, hay que decirlo, de una pérdida sorpresiva, pero sí de un luto estremecedor. Su muerte alcanzó a los muchos duelos que, como Moisés y Gaspar en el cuento homónimo, deambulan por mi casa en estos días grises. Mientras caía la tarde, me preguntaba cómo respondía al tacto ese dolor, qué texturas tenía. En qué escala podía, acaso, medirlo.

Me duele Amparo Dávila porque su obra es el vórtice donde convergen los afectos de mi formación lectora. Su escritura ha sido el punto de contacto más intenso entre los vínculos que he forjado alrededor de la literatura. Desde la preparatoria hasta el posgrado, sus cuentos han propiciado clases, confidencias, conjuros. Su partida es la reunión imaginaria de la mayoría de mis profesoras, colegas, estudiantes y amigas. Codo a codo hemos recorrido caserones sinuosos, tupidos jardines, piscinas turbias, en busca de aquella “ruta al erizamiento” de la que habló Luis Mario Schneider en la nota introductoria a su Material de lectura (UNAM, 2010).

LULI AMPARO
Dibujo de Luli Cervantes (2016)

Como el de muchas personas, mi primer acercamiento con Amparo fue “El huésped”. Es probable que sea el cuento que más he releído y compartido. Donde antes me fascinaba el trabajo con la elipsis y el dato escamoteado, hoy agrego mi admiración por la astucia con la que aborda la violencia psicológica que ahora llamamos “luz de gas”. Dávila supo colocar la mirada en el terror de lo más cotidiano, porque es justo en lo aparentemente nimio donde lo doméstico muestra su intemperie y de ahí emerge lo crispante: un croar enfermizo, un chillido agónico, una carcajada arcana.

Aunque el legado de Amparo Dávila es vasta geografía para los estudios de literatura fantástica y las aproximaciones desde la crítica feminista, me asombra que los derroteros de su obra no cesen de reverberar. Los siniestros relatos breves, en total 37, nos enseñan a poner atención en la materialidad de los sentidos, en cómo eso-que-se-siente transita entre las superficies y los vericuetos de los cuerpos. En cómo lo afectivo deja su impronta en la corporalidad; se hospeda ahí, en el centro de las vísceras: el miedo se fragua en ojos penetrantes, el grito se adhiere o se clava en la piel, el asco se vincula con flores fétidas, el dolor siempre implica una caída vertiginosa.

Tal vez su muerte, tan padecida por los personajes de sus narraciones, se va a instalar en nuestras casas como los inefables inquilinos que son Moisés y Gaspar. Hablo por mí, pero seguramente a alguien le hace eco: conocer a Amparo Dávila fue dar con el revés de una literatura mexicana hegemónica, aprender a palpar con más cariño las palabras, y sentirse en compañía ante la exploración de los horrores que llevamos a cuestas. Con el paso de los días nos daremos cuenta, como reza “Árboles petrificados”, de que “esta habitación nos queda demasiado grande o demasiado estrecha y por eso no sabemos qué hacer con nuestros cuerpos y las palabras”.

 

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