Cómo es leer Harry Potter 20 años después

Por Gallo Molina (joseantoniomolinavega@gmail.com)

No abría mi ejemplar de la piedra filosofal desde hacía 20 años. La edición no ha logrado soportar con entereza el paso del tiempo: la mitad del libro se desprendió de las costuras, en varias páginas uno encuentra manchas de humedad y el olor es de papel viejo, como el que te recuerda a la biblioteca de tus abuelos. Ha soportado huracanes, mudanzas, préstamos y aquí sigue, conmigo, después de todo este tiempo.

Lo leí a los 9 años con una atención más puesta en los hechos que en los detalles. Fue el libro que, por decirlo de alguna manera, maduró mi comprensión lectora, y en el que por primera vez me sumergía lo suficiente como para abstraerme del mundo.

Después no pude parar. Como con tantos otros niños y niñas del mundo, Harry Potter se convirtió en una obsesión y algo que esperar con ansias.

Ahora, con 29, volví a leer la piedra filosofal para recordar por qué me cautivó tanto y por qué esta saga ocupa un espacio importante en la vida de tantas personas. Pero antes debía resolver otra cuestión que había quedado pendiente hace mucho: ¿a qué casa de Hogwarts pertenezco?

Como muchos, crecí pensando que era un gryffindor. Con algunos años más, justo cuando se pierde parte de la inocencia y se asoma el maquiavelismo, llegué a la conclusión de que seguramente era un slytherin. Sin embargo, para salir de toda duda, realicé el test del sitio pottermore (que funciona como un medio oficial para todo lo relacionado con Harry Potter) y, después de contestar preguntas como si prefiero el amanecer o la oscuridad (me declaro fan de las mañanas), cuál sería mi mascota en Hogwarts (una lechuza) o qué poder me gustaría tener (cambiar el pasado), recibí el veredicto: ¡Ravenclaw!

Sorprendido mas no decepcionado.

Según la descripción, los ravenclaw se caracterizan por el ingenio, aprendizaje y sabiduría. Pero más que ser una bola de eruditos, a los ravenclaw les gusta aprender y saber cosas. Lo constato.

Regresando a mi destruido ejemplar, fue grato recordar lo bien construido que está el primer capítulo, que sienta las bases de lo que implica ser muggle a través de los Dursley: la monotonía, el aferro a la cotidianidad, el desprecio por lo que se entiende como distinto, una especie de racismo interiorizado hacia lo imaginario.

La saga entera comienza con la descripción de una familia de lo más normal que idolatra su normalidad:

Esto me puso a pensar en nuestra propia trayectoria clasemediera; en que muchos y muchas estamos destinados a apreciar cada vez más la normalidad y tranquilidad de lo cotidiano y menos aquello que se antoja como mágico. Suena de lo más cursi pero envuelve una gran verdad: no se necesita magia sino imaginación para experimentar una vida emocionante.

Conforme avanza la historia se nos van presentado (un poco “en nuestra cara”, hay que decirlo) los elementos de este mundo mágico al que Harry pertenece sin saberlo: lechuzas diurnas, cartas en cascarones de huevo, motos voladoras, callejones secretos, varitas mágicas, andenes que no existen y ranas de chocolate. Justo en la escena del vagón en la que aparece por primera vez dicha golosina mágica, se narra un breve pasaje que afianza la amistad entre Harry y Ron:

Creo que, como niño de 9 años, es algo que dejas pasar porque estás harto de escuchar que debes compartir. Pero a los 29, cuando el siguiente paso es compartir tu colchón, ese fragmento de lectura infantil puede contigo.

(Una anotación aparte de este mismo capítulo: varios de los personajes que menciona Ron como parte de su colección de cromos son históricos: Agripa, Ptolomeo, Ramón Lull, el rey Salomón, etc. Me llamó mucho la atención el imaginar cuántos más pudieron ser magos bajo la lógica de J.K. Rowling: ¿Jesús? ¿Virginia Woolf? ¿Einstein?)

No recordaba con tanta claridad que Harry es una especie de Justin Bieber de su época. Un mesías prometido que, como tantos otros ejemplos de la narrativa universal, tendrá que morir para “salvarnos”. Cuando conoce a Hermione, esta le menciona que su nombre aparece en Historia de la magia moderna, Defensa contra las Artes Oscuras y Grandes eventos mágicos del siglo XX, sin que Harry tuviera la menor idea.

Es una lástima que para ese entonces aún no existiera Google. Habría sido de muchísima ayuda al momento de averiguar quién era Nicolas Flamel.

Para quien nunca había destacado en nada (ni el mejor en la escuela, ni el mejor en el deporte, ni el mejor tocando un instrumento), leer la piedra filosofal pudo significar uno de los primeros momentos en el que te ves a ti mismo como el posible protagonista de algo. Por eso empatizamos tanto con Harry. Por eso nos alegra muchísimo que Dudley reciba su merecido (aunque ahora no lo aprobemos demasiado) o que se convierta en la estrella de quidditch o que sea reconocido por chicos y grandes en todas partes. Aunque no envidiemos eso de ser huérfano o vivir por tanto tiempo en una alacena.

El libro tiene la virtud de colocar personajes con los que muchos se puedan identificar. Si eres alguien con el ego inflado tal vez te veas reflejado en Malfoy; si te percibes como alguien amargado y viviendo en un sinsentido, está Snape; si te ves como quien tiene su vida ordenada metódicamente y  que tiene que cumplir con las cosas como se deben, McGonagall; o alguien inteligente, sensible y con un agudo sentido crítico del mundo, te verás en Hermione, aunque ella misma admite que el pensamiento no siempre es lo más importante:

Otra de las cuestiones que noté con mi relectura es lo enternecedora que resulta la imagen de un Harry siempre listo para lo peor. Como cuando imagina qué pasaría si el Sombrero Seleccionador no lo designa para ninguna casa, si todo fue un error y tendrá que regresar con sus tíos. Mientras que, para muchos niños y niñas, lo peor que te puede pasar es equivocarte de uniforme o decirle “mamá” a la maestra. Harry se desenvuelve como un personaje ansioso al que le cuesta trabajo disfrutar de las cosas porque, tal vez, en el fondo siente que no lo merece.

Yo me di cuenta que a través de los años mi identificación cambió radicalmente de Harry a Dumbledore. Del estrés constante a la reflexión que esconden las cosas que nos pasan. También probablemente porque hoy en día, al igual que el anciano, me pueden satisfacer muchísimo unos calcetines nuevos.

El capítulo en el que Albus menciona esto cobró una profundidad que a los 9, como con tantos otros detalles del libro, no resonó en mí.

El espejo de Oesed en el que Harry se “pierde” mirando a sus padres resulta en una metáfora oculta sobre el deseo, que es “oesed” al revés. Cuando eres un niño es probable que tus aspiraciones se basen en lo que no tienes, ya sean unos hotweels o tus padres, en el caso de Harry. Ron por su lado, se mira siendo un protagonista, alzando la copa de la casa, vitoreado y reconocido, reconcomiendo que seguro nunca obtuvo en su casa al compartirla con seis hermanos.

La moraleja del espejo es explicada por Dumbledore:

Este fragmento me hizo eco especialmente ahora, mucho más que cualquier otra parte del libro. Porque conforme creces es más fácil que olvides vivir con tal de lograr algo. Lo que deseamos cambia con el tiempo. Y lo que una persona desea “con toda la fuerza de su corazón” dice muchísimo de quién es esa persona.

No por nada la inscripción en el marco del espejo se lee como: esto no es tu cara sino tu corazón el deseo. Y me parece bellísima la idea de un espejo que no refleja el exterior sino el interior.

La piedra filosofal es un libro que constantemente nos empuja a la valentía, a salir de nuestra zona de confort, a tomar la escoba aunque jamás hayamos volado con ella. Coloca a un niño de 11 años frente a un mundo de posibilidades y retos y enfrentamientos contra genocidas como al final cuando debe enfrentarse con Quirrell/Voldemort.

Desde las primeras páginas, cuando McGonagall menciona el “Quien-usted-sabe”, se plantea el pavor que surge de mencionar al villano. Pero Dumbledore insiste en que hay que llamarlo por su nombre:

20 años después aún hay temas y heridas a las que no queremos nombrar. Y nna de las cosas que más nos asusta es la incertidumbre sobre la muerte. Dumbledore le comenta a Harry al respecto:

Leer Harry Potter dos décadas después sigue siendo un proceso reconfortante. Una travesía que encarna en su aventura gran parte de lo implica vivir y crecer, y que, a media adultez, continua nutriendo nuestra imaginación cada vez más precarizada.

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