El instante en que todo restalla (sobre Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi)

Por: David Loría Araujo (dloriaa@hotmail.com)

Para Alejandra Amatto, quien me presentó a Alfredito.

Me había resistido al libro por un lapso de dos años. Lo soltaba; algo no me convencía. Quise ensayar otras rutas –comenzar por el final, elegir uno de sus ocho relatos al azar, leer en voz alta y caminar en círculos–, pero Nuestro mundo muerto (2016) siempre volvía a la mesita de noche, asilo de libros pendientes. Y aunque estaba equivocado, yo pensaba que me expelía de sus páginas con la fuerza de un cuerpo celeste.

No era el texto, sino yo. Cuando supe de Alfredito, emprendí el retorno a los cuentos de Liliana Colanzi (Bolivia, 1981) y la fuerza revirtió su efecto. Lo que antes juzgué como una prosa intransitable se convirtió en la mayor fortaleza del libro: una sintaxis que repentinamente se estría, que ese despeña hacia los límites de lo real. Los cuentos parecen moverse con pesadumbre, siguiendo a personajes envueltos por energías misteriosas o marcados con huellas indelebles; pero luego, en un pestañeo, se produce un momento de no retorno, el instante en que todo restalla. Yo ansiaba leer de un mundo más ordenado y seguir el hilo de una trama. Pero ese mundo nunca fue, y la trama se volvió un capricho.

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Colanzi, ganadora del premio Aura Estada en 2015, nos empuja a adaptarnos a diferentes presiones atmosféricas que, a su vez, se traducen en distintas respiraciones del lector: En “La Ola”, una estudiante de literatura en los Estados Unidos debe volver a la humedad del trópico en su natal Santa Cruz, Bolivia, perseguida por un siniestro halo melancólico que “de vez en cuando [le] cosquillea la nuca con sus largos dedos” (45) y la hace sentir que su cuerpo no está bien plantado sobre el planeta. En “Meteorito”, un hombre que se sabe “atrapado y a punto de ser engullido por una fuerza superior y maligna” (60) mira tras la ventana cómo una bola de fuego aterriza entre los árboles. “El Ojo”, protagonizado por una joven que se libera de la mirada infausta y obsesiva de su madre, conserva un ritmo más cercano al terror y logra esta serie de repulsivas imágenes:

Desde el inodoro, emergiendo en medio de una burbuja de vómito, vio aparecer al Ojo. Carecía de párpado; sin embargo, la chica reconoció en el iris azul oscuro la mirada –¿burlona?, ¿amenazante?– de su madre. El ojo –¿era posible?– sonreía. (15)

Paralelo al despliegue de imágenes que Amatto agrupa bajo el concepto del descontento realistaes decir, textos que manifiestan su insatisfacción o discrepancia temática y/o estructural frente a los paradigmas de la así llamada “realidad” (216)– la cuentista boliviana urde otra línea de fuga que atraviesa casi toda la colección: la presencia de una masculinidad que arrasa, que extiende su poder y conquista sobre la población indígena, las mujeres y la biósfera al mismo tiempo. En el relato “Chaco”, se evidencia el extractivismo rampante de combustibles fósiles que falazmente justifica la pavimentación, el exterminio y la violación:

Los emisarios del gobierno sacaron a los matacos a balazos, incendiaron sus casas y construyeron la planta petrolera Viborita. Gracias a ese yacimiento se hizo la carretera que pasaba a un costado del pueblo. El colla Vargas dijo que varios avivados aprovecharon el desalojo para violar a las matacas. (82)

Pero también (y tal vez esta es la parte que más me cautivó del texto de Colanzi), se manifiesta el devenir del cuerpo enfermo, la impronta del daño ecológico en las corporalidades humanas y no humanas, como hemos venido observando en textos igualmente descontentos (Amatto, 2020) de Samanta Schweblin, Rita Indiana o Verónica Gerber:

En el pueblo no pasaba casi nada. Nubes tóxicas provenientes de la fábrica de cemento engordaban sobre nuestras cabezas. Al atardecer esas nubes resplandecían con todos los colores. El que no estaba enfermo de la piel, estaba enfermo de los pulmones. Mamá tenía asma y cargaba por todos lados un inhalador. Los zorros lloraban del otro lado de la carretera, por eso al pueblo le decían Aguarajasë. El río se enojaba cada año y subía bramando de mosquitos. Lejos, lejos, estaba el mundo. (82-83)

El tópico posapocalíptico se extiende al cuento que da título al libro, “Nuestro mundo muerto”, protagonizado por un grupo de personajes que cumple una misión marciana. Tras abandonar la Tierra, contaminada después de la explosión de una planta nuclear, los nuevos colonos se enfrentan a un paisaje agreste, inhóspito y congelado. Las narraciones de Colanzi son una expedición a la intemperie para la que ya no quedan escafandras disponibles. Ocho cuentos donde la palabra “es un rayo, un tigre, un vendaval” (81) que hace estallar las certidumbres sobre el tiempo, el espacio y la identidad. Extraviamos la deixis, el punto de retorno. Incluso ahora, aunque releo mis notas y vuelvo a pasar las páginas del libro, los personajes se intersectan, la redacción pierde conexión con el enrutador, lo insólito se aloja en lo más profundo de la entraña.

Cuando cuatro niños escépticos se acercan al cadáver de Alfredito quien reposa en su caja fúnebre pero cuyas fosas nasales se mueven y le preguntan “Alfredito, ¿dormís?” (29) experimentan aquel fulgor que, desde mi perspectiva, resume la aventura que la autora, seleccionada como una de las 39 voces de ficción más importantes de América Latina, ha preparado para sus lectores y lectoras; el instante en que todo restalla:

En ese momento la cruz de neón centelleó sobre nosotros con la intensidad de un diamante. El salón, la gente, el ataúd, las flores, nuestros propios cuerpos asombrados: todo levitó en un solo haz de luz iridiscente. Era como si la vida nos abandonara para luego relumbrar en una visión que nos dejó rebosantes, inundados. (29-30)

Colanzi, Liliana. Nuestro mundo muerto. México: Almadía, 2016, 129 páginas.

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