Entrevista a Enrique Torre Molina: cómo vivir de lo que amas

Por Gallo Molina (joseantoniomolinavega@gmail.com)

*Esta entrevista fue hecha en junio de 2019.

Hubo una época de mi vida en la que quise ser activista (más movido por la espiritualidad que por el conocimiento). Envié varios mails a distintas organizaciones y el resultado fue peor del que esperaba. No obtuve un “no”, de hecho, no recibí ninguna respuesta. 

Con los años perdí el interés en esa utopía: vivir del activismo. Es decir, tener un sustento económico por visibilizar problemáticas sociales, defender los derechos humanos y luchar por un poco más de justicia. 

A pesar de que mis “sueños” cambiaron, sé que hay muchos y muchas que todavía se preguntan “¿y cómo le hago?” A raíz de dicha interrogante entrevisté a Enrique Torre Molina, activista en pro de los derechos LGBT y uno de los godines más afortunados que conozco (ha trabajado para Amnistía Internacional). 

¿Por qué dedicarse al activismo fue para ti una opción?

Mi terapeuta me hizo exactamente la misma pregunta el otro día [risas]. La respuesta corta: porque soy gay y el mundo en el que vivo tiene muchas cosas que no están bien para gente como yo y siento una pasión muy personal y emocional de trabajar para que cambien esas cosas. La respuesta larga es que es el resultado de varias cosas: 

1- De ser gay.

2- Desde chico estuve rodeado de gente que hacía algún trabajo social, desde los hermanos maristas de mi escuela hasta amigos que se iban de misiones; o voluntarios en algún lugar o mi tía que parte de su historia de vida ha sido ser activista en temas de mujeres y todo eso me llamaba la atención, me inspiraba. Yo también me fui de misiones aunque sólo me gustaba la parte social, el conocer y entender otras realidades. Todo esto fue generando mayor interés, preguntas y ganas para resolver problemas. 

Para muchos ese es el primer contacto con el concepto de “privilegio” y eso te cuestiona.

Sí, exactamente, y esa es la tercera cosa que generó el que yo quisiera ser activista:

3- Justamente tiene que ver con el privilegio. Muchas de mis experiencias de vida han sido muy positivas y mucho más privilegiadas que las de la mayoría de la gente en el mundo, entonces yo decía: “tuve una experiencia más o menos positiva de salir del clóset y pude ir a una universidad donde ser gay no era un problema y además había muchísimas actividades y promoción de la diversidad”. Todo eso me fue animando a tener un acercamiento optimista hacia los temas de activismo LGBT. Mucha gente se vuelve activista a partir de una experiencia negativa, personal o de alguien cercano, jóvenes a los que sacan de su casa o gente que tiene un amigo que se suicida, y en mí caso no fue así sino algo positivo y yo quería multiplicar eso y que fuera más común.

El hecho de que yo diga “¡qué buena suerte tuve!”, es decir, que cuando salí del clóset nadie me dejó de hablar, mi familia no me rechazó, no me han madreado en la calle por ser gay o despedido de un trabajo por lo mismo, se me hace muy cabrón y me hace pensar que no debería de hablar de suerte porque eso no debería de ser ni siquiera un problema. 

O sea, nació de la empatía. 

Creo que sí, tal vez esa es la palabra. 

Y que te desarrollaste académicamente en un ambiente universitario que propició eso, ¿no?

Sí, también, y que desde mi familia yo recibía el mensaje de “tú puedes lograr lo que quieras”. Estudié en la UDLA, una universidad también de muchísimo privilegio, donde había mucha diversidad y que propiciaba un “¿quieres escribir una columna en el periódico estudiantil sobre diversidad sexual? Órale” o “¿quieres tener un programa de radio para hablar de estos temas? Adelante”, ni siquiera un “bueno, te damos chance”, había muchísimo apoyo. Eso me fue animando a estudiar, leer, explorar más sobre derechos humanos y movimientos LGBT, a escribir ensayos sobre eso en las materias que llevaba. Me animó a ir buscando contacto con organizaciones aquí en México para hacer prácticas o voluntariado. 

Tuvo mucho que ver la voluntad. 

Sí, por ese lado, yo estaba en una posición muy privilegiada combinada con que tenía muy claro qué quería hacer y buscaba esas oportunidades. Si leía un artículo súper interesante de esos temas buscaba contacto con la persona que lo escribió y creo que eso es algo también de mi personalidad desde chico, el ser muy curioso y estar buscando maneras de aprender, informarme, cultivarme y todo eso se volvió una herramienta muy útil a la hora de aprender sobre activismo y ver si me podía convertir en ello. 

De las prácticas a trabajar para Amnistía Internacional, ¿cómo describirías tu proceso? 

Fue muy muy tardado. 

¿Frustrante?

Sí, sí, yo lo viví pensando “¿por qué me gusta algo que es tan complicado?” Y creo que esa es la experiencia de mucha gente en muchos temas. Yo no tengo idea de cuál sea el “punto máximo” de un activista. Para mí la definición de “lo lograste” no es una cantidad específica de dinero o un premio, sino decir “hago lo que me gusta” y sí, trabajar con organizaciones que yo admiraba muchísimo, incluso algunas pequeñas que, para mí, son grupos que hacen cosas súper padres y van cambiando al mundo. Primero hice unas prácticas en las oficinas de gobierno del estado de Nueva York. 

¿Esa fue tu primera experiencia de activismo? 

Mi mejor amiga, Marcela, cuando salíamos y me presentaba con alguien más estando en la universidad decía como: “Ay, él es mi amigo Enrique y es activista”. Y lo que yo hacía en esa época eran dos cosas: 

1- Ser parte del grupo estudiantil LGBT de la UDLA que organizaba ciclos de cine, talleres, conferencias. 

2- Empecé a participar en medios de comunicación de la universidad. 

Ahí dije “ah, esto que estoy haciendo me hace sentir activista, de alguna manera, creo”. Luego, mi primera experiencia profesional fueron las prácticas en Nueva York por unos meses. Como que dije “ok, existen ONG’S que trabajan temas LGBT pues voy a ver si tienen un programa de verano (porque era estudiante) o a ver qué”.

Literalmente, ¿enviaste un mail? Te lo pregunto porque mucha gente (me incluyo) vemos a alguien “exitoso” y nunca nos fijamos en su proceso pero esa persona un día se sentó frente a su computadora, escribió un mail y lo envió. Entonces, suceden las cosas si haces cosas. 

Eso fue literalmente lo que hice, o sea, escribí mails, mensajes por Facebook, llamadas, todo, a todas las organizaciones LGBT en México que me encontré en la vida. Y me contestaban: “aquí no hay nada que hacer” o “vamos a cerrar”, o no me constataban; me desmotivó un poco ver ese panorama. Entonces comencé a buscar las mismas oportunidades pero en Estados Unidos. En ese entonces leía mucho por Internet páginas de noticias y blogs LGBT gringos, y estaba suscrito a un par de revistas LGBT impresas que me llegaban una vez al mes, entonces tenía más o menos una idea del panorama del movimiento en Estados Unidos en ese momento y de las organizaciones. Por lo que dije: “ahí es”. 

No dijiste “en México no se puede, entonces, ya no se puede”.

Exacto. Entonces mandé mails para aplicar a todos lados y me ofrecieron las prácticas en Nueva York en la División de Derechos Humanos. No eran pagadas, solo me daban para el transporte y el lunch, mi mamá me tuvo que apoyar. Estuve ahí cuatro meses y conocí a muchísima gente, organizaciones, proyectos LGBT por lo que exprimí esos meses lo más que pude para conocer gente que tuvieran que ver con esos temas. Iba todos los días a la oficina de nueve a cinco a mis prácticas y después de la oficina me metía a cursos. Por ejemplo, uno de la Biblioteca Pública de Nueva York que era sobre cómo usar el acervo que tienen ellos de documentos y libros LGBT. Iba al Centro Comunitario LGBT que ofrecía diario talleres, proyecciones de películas, reuniones de grupos. Iba todos los días a miles de actividades que ofrecían ahí y me metí a todo lo que pude. Fui a mi primera marcha LGBT y participé como voluntario en otra. Mi jefe se había dedicado a defender a personas trans en casos de discriminación por lo que conocía mucha gente del movimiento y me invitaba todo el tiempo a eventos y conocía a otros activistas. Entonces como que fui empapándome de todo eso. 

Un año después regresé, ahora sí, a hacer prácticas con una organización LGBT en temas de procuración de fondos y era internacional, por lo que fue mi primera experiencia profesional vinculado al movimiento en el mundo ya que yo tenía nociones muy básicas sobre el tema. Entendí cómo se relacionaban organizaciones LGBT de todo el mundo unas con otras y yo estudiaba relaciones internacionales por lo que eso me interesaba. 

Terminé la universidad y me quería dedicar a eso pero sin salir de México. Entonces empecé a aplicar a trabajos que tuvieran que ver, a veces, con estos temas. Trabajé en ONG’S de otros temas como para entender un poco cómo funcionaban. Colaboré con medios de comunicación escribiendo y editando. Durante muchos años mi trabajo era en cosas que aproximaban a trabajar para una organización LGBT. 

¿Hubo algún trabajo que odiaras?

Casi ninguno me encantaba. Yo lo racionalizaba como “pues estoy trabajando en esta ONG que se dedica a equis cosa y pues, estoy aprendiendo, no me fascina”. Lo que sí fue que durante esos cuatro o cinco años… 

¿En cinco años nunca murió el sueño?

No. Empecé a hacer aquí lo mismo que hacía en Nueva York. La UNAM abrió un seminario sobre historia y cultura gay en México así que me metí. Yo trataba de seguir educándome en esos temas. Comencé a escribir en revistas y blogs sobre temas LGBT. Nunca “murió” el sueño pero sí hubieron momentos muy muy muy frustrantes. De hecho, estando en Nueva York, comencé un blog a manera de bitácora en donde iba escribiendo mis experiencias, no personales, sino de cosas que tenían que ver con lo LGBT. Llegando de Nueva York, fui con mi maleta a una estación de radio gay aquí en la Ciudad de México porque el conductor había leído mi blog y me quería entrevistar sobre el panorama de las organizaciones LGBT en Nueva York. Me fueron cayendo los veintes de “¡ah! Esa experiencia que yo tuve tiene un valor o un interés para alguien”.

¿Qué lo mantuvo vivo?

Que yo veía que no estaba atorado en el mismo lugar. “Ahora ya pude publicar aquí” o “ahora ya me pagaron más” o “ya me buscaron de este lugar”. De pronto, la embajada gringa me escribieron para dar una plática. 

O sea, de tú buscar y buscar y buscar, ahora, te buscaron. 

Sí, y ahí entendí algo cuando escribes en medios: que te lea la gente correcta. Porque así alguien te busca para dar tal taller o tal plática o lo que sea. El otro día me picó el bicho Marie Kondo y me acordé de la primera vez que cobré por una conferencia. Fue en Chiapas. Súper random. Y sucedió porque me entrevistó un medio aquí en la Ciudad de México y me escribe un día un wey de Tuxtla que me seguía en Twitter y había leído la entrevista: “Hola, soy fulano, nos gustaría que vinieras a dar una conferencia sobre temas LGBT. ¿Cuánto nos cobras?” Yo en ese momento trabajaba de tiempo completo en una ONG que no tenía nada que ver con lo LGBT. Y yo así de “¿qué? No tengo ni la menor idea, ¿cuánto se cobra por esto?” 

Un amigo trabajaba en una empresa y me contactó para ir a darles una plática. En otra ocasión fui a un banco. Y llegó un punto en el que, el volumen de este tipo de “chambitas”, ya me permitía sostenerme económicamente y no buscar trabajo de lo que sea. Y cada vez que yo veía alguna vacante en una ONG pro LGBT aplicaba. Y, aunque no me daban la chamba, me ofrecían trabajar en proyectos y, pues, eso hacía. En algún momento, una organización que se llama All Out, cuyo formato es a distancia, me contrató, dos años después de aplicar con ellos por primera vez y haber sido rechazado. 

Ha sido la combinación de tener acceso a un contexto muy afortunado y de no parar de insistir y buscar. 

¿Qué le dirías a alguien que quiere vivir del activismo?

Yo creo que es como con cualquier vocación o trabajo: si neta es lo que quieres, piénsalo muy bien y prepárate, no solo estudiando, leyendo y estando al día con los temas de lo que te interesa hacer, sino también, si no hay una chamba pagada, acércate a la gente, proyectos, organizaciones, escuelas, medios, que están jugando un papel importante en el tema que te apasiona, para ir aprendiendo y ganando algún tipo de experiencia que, eventualmente, se convierta en la suficiente experiencia para vivir de eso. Me ha pasado que, lugares a los que escribí hace años solicitando trabajo y me rechazaron me han buscado después para trabajar con ellos. 

No porque algo no se dio significa que nunca se va a dar.

Claro, y no hay una única forma de ser activista. Hay mucha diversidad, hay mucho que hacer. Aplícate, ten mucha paciencia, no creo que sea imposible. Trata de identificar qué es lo que tú, según tu experiencia, talento e intereses, tienes para dar que nadie más esté haciendo.

Enrique Torre Molina es activista y consultor en temas LGBT. Ha trabajado en organizaciones internacionales como All Out y Amnistía Internacional. Es cofundador de la organización Colmena 41 y cohost del podcast #MafiaGay de Audible. Para ver sus colaboraciones con distintos medios haz clic aquí. Tiene un newsletter que sale cada dos jueves y al que te puedes suscribir aquí.

Portada: GOLDEN COSMOS

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