“Otro amor era posible” (sobre El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza)

Por David Loría Araujo (dloriaa@hotmail.com)

Para Dolores y Valeria, por la complicidad.

Este libro tardó tres días en llegar a mi casa, y tres eufóricas noches me tardé leyéndolo; pero su escritura, su crisálida, su conjuro y su amasado se prolongaron durante tres décadas.

El 16 de julio de 1990, un lunes de madrugada lluviosa, Liliana Rivera Garza fue víctima de un feminicidio a manos de su expareja. Era una estudiante de arquitectura de la UAM Azcapotzalco. Era una joven de 20 años que amaba la natación y atesoraba la libertad. Las notas periodísticas que la nombraban caducaron pronto. Los esfuerzos de las autoridades cesaron rápidamente. Alguien, en alguna oficina, cerró por última vez la carpeta de su caso. Una repisa ubicada en Toluca resguardó sus libretas, llenas de poemas y cartas. Pero este 2021, treinta y un años después, su nombre apareció en carteles y pintas de las marchas del 8 de marzo, hace apenas un par de meses. Esta es su memoria, este es su libro. “¿Quién tiene derecho a decidir cuánto tiempo es mucho tiempo y cuánto tiempo es poco?” (20), increpa la autora en sus primeras páginas.

Siempre he imaginado –y no me faltan razones para hacerlo– a la escritora Cristina Rivera Garza como una detective. La narradora de su novela El mal de la taiga, una investigadora privada cuyas pistas se esconden en telegramas, declaró en 2012:

[...] siempre he sentido una debilidad achacosa por formas de escritura que ya están en desuso: el radiograma, la taquigrafía, los telegramas. Fue cosa de tocar el papel amarillento y empezar a soñar. Las yemas de los dedos sobre las arrugas de la hoja. El olor a viejo. Algo guardado. [...] ¿De qué lugar tan lejano en el espacio, tan lejano en el tiempo, había partido este puñado de mayúsculas? (12) 

¿Quién lo diría? Ahora es la propia Cristina quien encarna a la Detective, quien se zambulle en cuadernos de notas, cartas que nunca se enviaron y boletos de transporte, ya no para aventurarse al interior del bosque de coníferas sino para trazar la cronología de los últimos años de vida de su hermana menor, con post-its de colores, con mapas sobre la mesa del comedor. El invencible verano es, en realidad, una bitácora que urde –con pericia arqueológica y ternura sororal– testimonios de quienes fueron sus amigos y amigas; que estudia las variaciones de su voz epistolar o lírica; que transcribe e indaga en sus notas [“no olvidar arena para gato”, “pagar la luz”, “comprar papel Fabriano”] y sus calcomanías del mundo de Charlie Brown. Ante el vacío del expediente oficial, este artefacto es un archivo que ofrece presencia material del paso de Liliana por un mundo injusto.

El libro no es, sin embargo, la resolución satisfactoria de un misterio, al estilo de la novela policíaca clásica. No es un rompecabezas que termine de armarse, ni mucho menos pretende ser una mercancía literaria digerible; pero sí se le puede comparar con “una pequeña caja de Pandora de la que surgen fantasmas, citas, alucinaciones. Dagas” (23). Tener el libro de Liliana en las manos y entre los ojos conlleva una responsabilidad, un poner el cuerpo. Entre sus páginas se dan cita menciones del movimiento Marea Verde en Argentina, del colectivo chileno Las Tesis y su impacto internacional, de la lucha en México para hacer justicia a nombre de Lesvy Berlín Osorio, así como citas de Rachel Louise Snyder y ecos de Rita Laura Segato. Es ahí, en esa escritura con otras, donde reside una de tantas potencias políticas del presente texto.

Tal vez esto es una anotación baladí, pero a diferencia de los libros más recientes del monopólico sello editorial al que pertenece, se ha tomado una elección de diseño importante: el título encabeza la primera de forros, y el nombre de su autora va en otro tamaño.

También es un libro-bitácora que se ha venido escribiendo desde hace ya varios años. Entre el asesinato de Liliana y la aparición de este volumen, Cristina ha publicado más de una veintena de textos. Como ya exponen algunas reseñas, todas sus entregas anteriores prepararon el terreno para esta. Converso con Dolores y me dice: “Ahí ha estado siempre. Casi todas sus obras son sobre mujeres atrapadas o perdidas o muertas; y de alguien que las busca o que sabe de sus sendas existencias” [y yo agrego “y de expedientes perdidos”]. Enseguida, Valeria toma fotos a cada libro de su colección. Entre lxs tres armamos un collage. Ahora entendemos por qué la inscripción “lrg” [ele-erre-ge] aparece en la mayoría de las dedicatorias de sus libros: 

Además de la dedicatoria, otros elementos se mantienen. Persiste, por ejemplo, la misma atención al lenguaje que recorre trabajos anteriores. La mirada casi quirúrgica de una costurera experta se posa sobre la sintaxis, pasa a través de los efectos de cada adverbio, y presta atención a cómo los sonidos se mueven dentro de la caverna bucal cuando pronunciamos, entre muchos otros, los sintagmas rodilla, cloro, culpa, vehemencia (palabras importantes dentro de este libro-bitácora). Dónde y cómo se acomoda el músculo cuando se profiere la palabra Li-lia-na (esos tres aleteos o coletazos de la lengua).

Con dicho temple lingüístico, con la capacidad de observación que dice haber aprendido de su madre, la hermana mayor asevera: “A veces es necesario un poco de silencio para que las palabras se junten todas sobre la lengua y, ya reunidas, se atrevan a saltar al mismo tiempo”. (13). Pasaron 30 años para que las cajas fueran destapadas. Pasaron 22 años desde el crimen [de 1990 a 2012] para que el delito de feminicidio se tipificara en nuestro país. Antes se le llamaba, televisivamente, melodramáticamente, encubridoramente, crimen de pasión, e incluso:

Se le llamó andaba en malos pasos. Se le llamó ¿para qué se viste así? Se le llamó una mujer siempre tiene que darse su lugar. Se le llamó algo debió haber hecho para acabar de esta forma. Se le llamó sus padres la descuidaron. Se le llamó la chica que tomó una mala decisión. Se le llamó, incluso, se lo merecía. (34)
¿Quién, en ese verano de 1990, iba a poder decir, con la frente en alto, con la fuerza que da la convicción de lo correcto y de lo cierto, y la culpa no era de ella, ni dónde estaba ni cómo vestía? (42).

El invencible verano de Liliana trabaja justo sobre esa falta de lenguaje. Eso que no supimos enunciar a tiempo. Constantemente pienso en todas esas palabras que todavía no se hacen boca, esas que aún están ensayándose en la glotis para nombrar otros pliegues huidizos de la violencia cotidiana y pertinaz. “Llamar a las cosas por su nombre requiere, a menudo, de inventar nuevos nombres” (52), advierte Cristina. Y yo me pregunto por qué algunas personas no ven la urgencia de repensar las palabras cuando el tiempo sin vocabulario nos cuesta vidas. Este libro encara la necesidad de ese lenguaje para representar y reconocer tanto lo ocurrido como lo que aún puede esquivarse.

31 años impune.

Es la historia de un padre y una madre que reciben la noticia más desconcertante al volver de un viaje a Europa. Es la historia de una hermana mayor que, también del otro lado del Atlántico, llegó al fondo de una piscina y se impulsó con toda la fuerza hacia la superficie para verbalizar el nombre de su extrañada Liliana. Nos encontramos frente a un libro acerca del duelo, de la faena y la serenidad que implica reconocer la presencia de quienes ya no están y aun así “decirle que sí a su presencia” cotidiana, común (118). Pero igualmente un libro que toma postura sobre el caso de un profesor acusado en 2019 de hostigamiento sexual en la Ibero, para constatar que en nuestro país los asesinos de hermanas, los catedráticos acosadores y los candidatos a puestos del gobierno están igual de podridos y siguen allá, libres, como Ángel González Ramos, el hombre que ya no tardará en pagar.

 “A mí me choca que me quieran así” (74), escribió Liliana alguna vez, sofocada, cuando tenía 15 años, porque creía que otras formas de amor, lejanas al dominio, la propiedad y la dependencia, eran posibles. Este es su grito fúrico, su verano febril e invicto.

Del Twitter de la escritora - @criveragarza

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