Ciudad Sin Fin

Por David Loría Araujo (dloriaa@hotmail.com)

*Este texto fue escrito originalmente en junio de 2019.

Mamá y yo inventamos un método para no llorar. Después de varias despedidas dramáticas en el aeropuerto, decidimos que yo me bajaría del vehículo como si me bajara de un taxi. Yo le daría un beso fuerte en la mejilla; ella trazaría una bendición en mi frente, en mi pecho, y en cada uno de mis hombros. Mamá no tendría que estacionarse, acompañarme en la documentación, ni escoltarme al filtro de seguridad con los ojos vítreos. David no tendría que representar otra escena lacrimosa de quien arrastra su maleta rumbo a la Ciudad Sin Fin e imagina la primera estrofa de “No me voy” de OV7. Cuando el equipaje era pequeño, incluso, Mamá no tenía que bajarse del coche para abrir la cajuela. Era más sano no sentir.

Otra vez jugando a iniciar un texto con una imagen, con el repaso detallado de una escena. Otra vez tu retórica de la ternura, tu obstinada manera de hacer TODO tan cursi. Otra vez tu necesidad de protagonizar todo lo que escribes, de poner el cuerpo en el texto. ¿Quién va a querer leer algo tuyo? Hace un par de años, cuando publicabas cada viernes, tus ideas eran más frescas, más estudiadas, más inteligentes. Se te acabó muy rápido, David, ahora nadie espera leerte. Con suerte, alguien va a compartir tu texto, aun sin haberlo leído, porque te tiene cariño a pesar de que hace cuatro años que te mantienes lejos.

Volé de Mérida a la Ciudad Sin Fin el cuatro de agosto de dos mil quince. Llevaba una maleta de ropa y otra, más pequeña, con libros que consideraba indispensables. Ahora, pasados casi cuarenta y ocho meses, no sé si todas mis elecciones bibliográficas fueron acertadas. Después de todo este tiempo –que NO es poco, aunque a veces eso me digo para boicotearme– he aprendido que cada persona tiene una manera de empacar su identidad, de llevarla consigo. En mi caso, son los libros. Una persona me señaló, alguna vez, por “tener un pie aquí y otro allá” (no recuerdo bien dónde lo dijo, por lo que “aquí” y “allá” pueden intercambiarse). Y tuvo razón: nunca terminé de irme, ni de quedarme. No podía, no podría. A veces, creo que más consciente que inconscientemente, olvidaba un libro “aquí” que necesitaba “allá”, dejaba “aquí”, bajo la almohada, un libro que extrañaría “allá”. De 2015 a 2019 he comprendido que las páginas que leo también escriben mis coordenadas en el mundo.

Me abstendré de criticar a tu personaje intelectual. Me enfocaré, más bien, en una pregunta concreta y dolorosa: ¿Para qué regresarías a Mérida? ¿Quién te va a querer de vuelta más allá de tu familia y de los pocos amigos a quienes SÍ les contestas el WhatsApp? ¿Dónde vas a encontrar un trabajo, eminencia en literatura, doctor en algo que nadie entiende, que te retribuya lo que crees que has logrado? Aquí el mundo ya dio la vuelta: algunos conocidos ya son empresarios o herederos, otros ya firmaron una casa con tres baños, otros ya ocuparon (y no piensan perder) los puestos laborales por los que tú competirías. ¿A qué vuelves, a quién vuelves, para quién vuelves, desde cuándo estás volviendo?

Todas las veces, regreso al cuerpo. Cuando visito Mérida por tiempos prolongados, me siento en paz. Los dolores de cabeza –esas migrañas inexplicables– desaparecen súbitamente. ¿Será la altura, la contaminación, la tensión de la Ciudad Sin Fin? El tiempo parece dilatarse: hasta sobran minutos. ¡En un solo día puedo hacer tantas cosas! Aún recuerdo cómo hace seis o siete años podía ir a clases en la Facultad, dar clases en DOS preparatorias, tener novio, coordinar un grupo apostólico, ir al gimnasio, ser instructor de natación, participar en talleres literarios. Hoy, si todo va bien en la CSF, marco dos palomitas en mi lista de pendientes. DOS. En Mérida todo es distinto (aunque no sé si la fórmula “velocidad es igual a distancia sobre tiempo” aplique en todos los casos). No obstante, cada vez que se acerca el día de regreso, vuelvo al cuerpo: el hueco en el estómago, el temblor en las rodillas, el sudor frío en las manos: la fecha de caducidad de mi estancia.

Sufres demasiado. Sí, la gente es más grosera, más recia, más competitiva. Sí, vives en monstruo prehistórico y caótico. Pero también te gusta vivir en Ciudad de México. Ahora tienes novio y compartes un apartamento, adoptaste un gato, das clase en dos universidades. Otra vez tus contradicciones y tus insatisfacciones expuestas: te has vuelto muy intolerante con la impuntualidad, con el servicio en los restaurantes, con las costumbres provincianas. Lo sabes. ¿A qué regresas y por qué sigues alargando este texto? ¿Por qué sigues escribiendo en cursivas lo que en realidad piensas pero de lo que no quieres hacerte cargo?

Me convertí en un lector de libros nómadas. Me transformé en un admirador de quienes pueden viajar sin dolerse. Sé hacer una maleta en escasos doce minutos, para no sufrir demasiado la preparación previa. Aprendí a aferrarme sólo a las personas más indispensables. Logré hace un súper sin tirar tanta comida, aunque sigo sin entender por qué no hay barras de pan tamaño personal. Conseguí salir de casa con dos horas de anticipación para llegar a una cita de trabajo sin culpa. Podría ofrecer un diplomado para aprender a extrañar a tus familiares y no llorar (tanto) en el intento. No sé si soy igual de feliz que cuando vivía en Mérida, pero tampoco me interesa saberlo. Eso han hecho de mí estos cuatro años: alguien que deja notas “aquí” y “allá” para recordarse que sólo se pertenece a sí mismo.

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