“Un futuro que ya está aquí” (sobre Mugre rosa, de Fernanda Trías)

Por David Loría Araujo (dloriaa@hotmail.com)

Para Mariana Oliver y Andrelí Vega.

“Todo se pudría, también nosotros” (13), declara la protagonista de Mugre rosa (2021), la novela más reciente de la uruguaya Fernanda Trías (Montevideo, 1976). Mientras le sangran las encías, la mujer relata la propagación paralela de una marea venenosa y de un espeso viento rojo por una ciudad portuaria. La primera extermina cangrejos, peces y aves bajo la forma de unas algas misteriosas color vino; el segundo corroe la piel de las personas hasta desollarlas. Todo confluye en un universo marcado por medidas autoritarias y represivas, teorías de conspiración, el confinamiento obligatorio, el colapso de los servicios hospitalarios y el uso de mascarillas que esconden la mueca o el grito. Es decir, un mundo que ya no pertenece al porvenir, sino al aquí y ahora de quienes leemos. Una novela postpandémica.

Su nombre proviene de un polímero cárnico cuya textura oscila entre la pasta de dientes y la goma de mascar. Ante el desabasto y el encarecimiento de la comida, una nueva fábrica convierte toda partícula de músculo animal en un “amasijo de carne con sabor artificial” (127). Las porciones, que se venden en vasitos de plástico y presumen de alto contenido proteínico, me recuerdan especialmente al Danonino de fresa, a las salchichas FUD Snax que llevaba a la primaria, o al paté de hígado de cerdo marca SWAN que untábamos sobre galletas de soda. A su olor de arcilla y su consistencia de labial intacto. El título opera entonces como un oxímoron; es lo inmundo y lo postizo, lo meloso y lo fétido al mismo tiempo. Para hacer juego con la imagen anterior, es una novela teñida de borgoña y chedrón. La autora disemina un campo semántico vinculado con musgos, moluscos, coágulos, lenguas, cuyos matices suelen coincidir.

Las alteraciones comestibles que retrata Trías están relacionadas con los siniestros síntomas meteorológicos. En ese tenor, me interesa el mapeo de ficciones que tematizan la transformación o el cataclismo de ecologías terrestres; específicamente, las narrativas que abordan la escasez o la toxicidad de los recursos alimentarios y, dentro de ellas, las novelas que describen y especulan sobre la producción y el procesamiento de vegetales transgénicos o carne de laboratorio. Mugre rosa se inserta cabalmente en esta cartografía, cuyas coincidencias estéticas son cada vez más reconocibles.

(Fragmento, página 73)

Por lo general, estas obras presentan estructuras fragmentarias, redundantes o anacrónicas. El fracaso del progreso y el derrumbe de las promesas de bonanza económica resuenan de tal modo en la forma literaria. Sus secuencias actanciales están marcadas por la memoria melancólica, el sueño premonitorio o el delirio cíclico. En Mugre rosa, por ejemplo, se traslapan los tiempos verbales en una suerte de tedio prolongado. La voz narrativa oscila entre pasado, presente y futuro, y expresa al respecto de esta errancia: “[e]l problema es que los comienzos y los finales se superponen, y entonces una cree que algo está terminando cuando en realidad es otra cosa la que empieza” (80). Páginas más adelante, añade algo que después del 2020 nos resulta por demás conocido: “si algo caracterizaba el encierro era esa sensación de no tiempo. Existíamos en una espera que tampoco era la espera de nada concreto. […] ese tiempo que patinaba sobre sí mismo, ese tiempo poroso” (105).

A pesar de su hermetismo –efecto que ya había explorado la escritora en su novela La azotea– es una novela que avanza con pericia, que distribuye muy bien sus nudos de intriga y contrapesos de tensión. Eso me sorprende y me atrapa: Mugre rosa nunca pierde la intensidad; es un texto bien tejido que, hacia la mitad de sus páginas, coge un ritmo vertiginoso, en picada. Suena una alarma, como la que anuncia la llegada del aire rojo, y nos precipitamos en clavado a un pantano pestilente.

(Dharma Books, 2020)

En estas narrativas hay una hiperconsciencia del cuerpo como materialidad, de la carne como sustancia. De lo que brota desde dentro y por ello secreta, supura, rezuma; de lo que viene de afuera y entonces infesta, pringa, corroe. Pero sobre todo de aquello que explora el tacto y la proximidad, las adherencias entre los cuerpos y sus fluidos. El hedor de la mugre rosa, por ejemplo, se impregna en sus comensales y se dilata hasta en los espacios: “[c]asi todas nuestras comidas tenían ese olor, y a veces me parecía que la casa entera, e incluso mi piel, olían así” (87). Ojalá hicieran libros con la sofisticada función de “rasca-huele”. Al menos en este texto, podría aspirarse el salitre ácido, el aroma de una lata de atún en aceite, escones recién horneados, así como el olor de un sospechoso incendio del que nadie habla.

Como en otras ficciones, el veneno reescribe los vínculos intersubjetivos, los pudre o los estimula. Mientras el personaje principal estira y afloja su hastío hacia su madre y su dependencia hacia Max, su exmarido –un hombre narcisista y con impulsos destructivos que se ha contagiado del virus y a quien ella visita en el pabellón de crónicos del hospital– también trabaja como niñera de Mauro, un niño gordo que no puede controlar sus impulsos por comer y deglute todo lo que alcance. Su familia lo ha abandonado, casi por completo, al cuidado de la protagonista. El estado de excepción frente a la toxicidad ecológica, los largos apagones y los bloqueos de carreteras favorecen su mutua y única compañía.

(BBC, 2020)

Es una novela brumosa. Debido a la espesura de la niebla, avanzamos a tientas por la rambla, recorremos la ciudad en taxis encubiertos y allanamos edificios abandonados en busca de alimento, a la espera de la alarma. A pesar de esta sensación de videojuego, no es, para nada, una narración heroica. “No puedo detener un futuro que ya está aquí” (276), afirma el personaje en la última página. No se trata, entonces, de a dónde llegar, sino de cómo y con quiénes afrontar el trayecto a un universo cada vez más mugroso y solitario.

Trías, Fernanda. Mugre rosa. Random House, 2021, 276 páginas.

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