Entrevista a mi terapeuta: radiografía de un hater

Por Gallo Molina (joseantoniomolinavega@gmail.com)

Taylor Swift es probablemente la ejemplificación perfecta para describir lo que significa ser blanco del hate mundial. ¿Qué se sentirá ser odiada por personalidades tan mediáticas como Kanye West, Kim Kardashian o Katy Perry en su momento? Esto sin contar a las enormes cantidades de hashtags y comentarios de odio que ha recibido la cantante en años recientes. Bueno, Swift se lo tomó con “sabiduría” y enfocó toda esa “mierda” en su disco: Reputation. Utilizando como estandarte a la serpiente (con la que se le comparaba por los haters), eliminando todo su contenido en Instagram y bloqueando la opción de comentarios. Para unos, medidas cobardes; para otros, una sabia intolerancia. 

Así como ella, varios creadores y creadoras de contenido (cantantes, comediantes, youtubers, actores, actrices, escritores y escritoras), e incluso personas comunes y corrientes, por no decir irrelevantes, reciben muestras de odio por parte de acérrimos antagonistas. Dicho fenómeno me pareció digno de una charla con Verónica Aguirre, mi terapeuta desde hace dos años. 

¿De dónde viene el odio?

Amar y odiar es lo mismo. Es toda la energía de una persona puesta en otra. Punto. O sea, yo racionalizo si es amor o es odio. Pero es todo lo que me mueve depositado en otro. Si yo lo puedo racionalizar como algo bueno, como una experiencia buena de vida, como que tú me recuerdas lo bueno que me ha pasado, me identifico contigo por todo lo bueno que he deseado o lo que yo quiero. O repudio aquello que tú tienes porque es lo que yo nunca he podido tener, eso es ya como uno lo decodifica, pero el odiar o amar, el ser un seguidor o un hater es, finalmente, odiar o amar, vienen de la misma raíz: mi energía e interés depositado en ti. 

Históricamente, México ha sido educado a través de la televisión. Y emocionalmente así se ha educado porque, a la hora de ver la telenovela de una niña pobre cuya madre se dedica a planchar y con un esposo que llega a la casa a golpearla, y no es que fuéramos seguidores de esas telenovelas pero eran lo único que había y ahí estaba nuestra vida depositada. Entonces, cuando llegaba el villano o villana ¡lo odiábamos! Éramos grandes haters de ese villano. Incluso una actriz llegó a recibir manifestaciones de violencia en la calle por el odio que generaba su papel. O sea, toda mi historia depositada en ese protagonista que está generando contenido con el que me identifico. A eso se le llama proyección. 

¿Por qué se da el fenómeno de odiar a quien no conocemos en persona?

También amamos a personas que no conocemos, y esto es por la tecnología. Ahora confiamos mucho más en las pantallas que en las personas. Se ha perdido muchísimo el contacto cara a cara, entonces ahora nos atrevemos a opinar pero, si estuviéramos en un foro con micrófono abierto, no nos atreveríamos a decir las mismas cosas. Probablemente no diríamos las mismas cosas de AMLO si lo tuviéramos frente a frente, rodeados de politólogos, en lugar de hacerlo desde la comodidad de nuestro sofá. Nos protege una pantalla. 

¿Cuáles son los activadores de un hater? ¿Qué lo mueve? 

“Lo que te choca te checa”. Nunca pasará de moda. En el texto que lee o la imagen que ve, funciona como detonador de una cuestión de su propia vida que niega en él/ella mismo/misma y proyecta en el autor (creador de contenido). Por ejemplo, yo detestaba las publicaciones de feministas radicales, no las toleraba, hasta que fui víctima de un abuso. Ahora veo esas publicaciones y no solamente me identifico sino que me conmueven profundamente, y ahora siento que hace falta distribuirlas más. De ser hater me volví fan de ese contenido. Entonces, no tiene nada que ver con las feministas radicales sino con mi propia vida. Eso que estoy leyendo es un detonante de mi propia historia y eso es lo que me hace hater.  Psicológicamente se le llama proyección: lo niego en mí y se lo deposito al autor/autora. 

¿Tiene algo que ver la envidia?

La envidia es un detonador muy fuerte porque también funciona como un “deseo de”. Antes de las redes sociales comprábamos la revistas en donde venía la vida de gente famosa o reconocida, y negábamos nuestra envidia o “jodidez” para meternos a un mundo que nos hace “soñar” y nos convertíamos en “seguidores”, ¿no? Pero cuando contactamos tanto con algo a lo que no podemos acceder entonces se viene un odio que puede explicarse como envidia. 

Ahora, también se puede ver como la envidia a la autora/autor. “Yo quiero ser ese que está enfrente”; “yo quiero ser esa que tiene el poder de crear y detonar algo en la gente o de tocar a las personas”; “yo quiero ser esa que ha logrado influir millones de personas gracias a las redes sociales”… “Y no puedo”. Entonces, como “yo no puedo”, la envidia aparece cuando ese que está allá enfrente está haciendo lo que yo también soy capaz de hacer pero no me atrevo. Entonces, ¿qué me queda? Odiarlo/la. Cuando él o la de enfrente hace algo que yo no tengo la capacidad de hacer no va a surgir la envidia. Si yo viajo y veo una casa súper lujosa no me da envidia, nada más digo: “órale, qué chido, están millonarios”, ¿no? Pero si soy una huevona que no tiene el más mínimo interés por trabajar y llego a una casita bien puesta, linda, con florecitas, y mi casa está toda desordenada y fea sí me da envidia porque es algo que yo sí podría lograr. 

Voy a empezar a envidiar la influencia que está teniendo el otro sobre la gente que me rodea, sobre mi medio, sobre mi contexto y que, obviamente, no tiene nada que ver con la autora o autor. Es la envidia en mí negada y proyectada en el autor. 

¿El hate es una forma de llamar la atención?

Sí, pero más bien esa es una técnica. Y puede ser muy buena porque, por ejemplo, ¿cuántas veces no nos importa la publicación sino los comentarios de la misma? Los comentarios suelen ser mucho más entretenidos. Dicen por ahí: “si los perros ladran es porque voy pasando”,  entonces yo creo que, quien genera contenido o influye en las redes sociales, no estaría completo o completa sin los haters. No estarían causando una revolución o una opinión, no habría un debate ni punto de quiebre, y ese debería de ser el punto de cualquier opinión. El hater aquí juega un papel importantísimo. 

Los haters son necesarios.

Claro. Mi punto sería que si a mí como autora/usuaria de redes sociales/generadora de contenido me molesta estaría hablando de una personalidad muy absolutista y hasta un poco dictatorial en donde lo que yo digo es lo que vale. Debería de ser hasta satisfactorio generar polémica, diferentes puntos de vista, generar haters por haber publicado o creado algo detonante. 

En el sistema constructivista hay una técnica que consiste en “aventar” una pregunta detonante y el alumno/alumna  no tiene una respuesta inmediata y lo tiene que pensar mucho. Así empiezan a debatir y a construir conocimiento. Entonces qué padre poder aventar una opinión o contenido que sea detonante de todo un pensamiento social, y que creo es muy necesario ahora. Es súper importante poder detonar haters porque al final eso se traduce en más vistas, más lecturas, más influencia, más likes, más seguidores, más crecimiento. Igual y no quiero más de nada, igual solo quiero desahogarme de manera personal. Sea cual sea nuestro objetivo, el/la hater va a existir hasta porque caminamos  diferente a los demás.

Pero ahora cobra mucho más sentido porque estamos protegidos por una pantalla. Si un hater se topa a quien odia es probable que no pueda ignorarlo. Tal vez hasta lo saludaría o le pediría una foto, porque lo o la admira, porque tiene toda su energía depositada en él o ella: le sigue, le lee, le ve, está al pendiente de cada publicación. No hay diferencia entre odiar o amar. Al fin y al cabo se le mueven fibras que no sabe cómo expresar y que no ha tocado. Y le tiene una envidia terrible, pero no tiene que ver con el objeto de su odio sino consigo mismo/a. 

¿Qué complejos se esconden detrás de una/un hater?

Me remitiría a la transferencia, es decir, ¿a quién está viendo en la persona que odia? ¿A su papá, a su mamá, a algún maestro, a una mala experiencia de vida? Ese sería el complejo. O, se está proyectando. Cuando le atribuímos complejos, defectos o intenciones a la persona que odiamos y no conocemos nos estamos metiendo un autogol. Estamos atribuyéndole nuestros propios defectos, complejos e intenciones porque no podemos saber eso de quien no conocemos.  

¿Es algo como freudiano?

Totalmente. Se está proyectando algo que no es un trauma como tal, trauma significa herida, posiblemente alguien nos lastimó y se lo transferimos a quien detestamos. O quizá es una proyección, nos sentimos acomplejados y lo negamos proyectándolo hacia otro. Cuando le tiramos mierda a alguien nos estamos quemando solitos, estamos hablando de nosotros mismos. Si no te conozco, lo que creo de ti es lo que yo quiero creer de ti. No es tu historia, es la mía.  

¿El hate es una forma de transparentar cosas de nosotros?

De vomitarlas. De evidenciar nuestras patologías. 

Las personas famosas suelen utilizar el odio a su favor, ¿realmente se le puede sacar algo de positivo?

Hay quien utiliza la sublimación, es decir, convertir el dolor en arte: le dan forma, vida, color, estética, y es una forma muy positiva de llevarlo. Esto es lo que marca toda la diferencia: el autor puede crear a partir del odio. Pero el hater nunca gana.  

El odio nos enseña que el mundo que vemos es una interpretación que habla de nosotros mismos, y que dicta nuestras reacciones frente a lo que vemos. El hate es una interpretación del mundo que nos habla siempre de nosotros mismos. Siempre estamos proyectándonos, siempre es una referencia interna. Eso que nos molesta ahí afuera es exactamente lo que debemos de trabajar por dentro. 

Verónica Aguirre es comunicóloga y psicoterapeuta con maestría en Comunicación Organizacional, Psicología Familiar Sistémica y Adolescencia y Juventud así como coach del Eneagrama de la Personalidad. 

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