Los veintes son la cruda de la adolescencia

Y aunque de pronto ya no le pones azúcar a tu café, la adolescencia nunca te abandona. En especial no durante tus veintes. En realidad, podría argumentar que no existe nada más adolescente que tener veintitantos. Lloras en tu cuarto pero ahora te limpias con los Kleenex que tú mismo compraste. 

Las canciones y las películas nos han enseñado que nuestras situaciones adolescentes no son ni tan únicas ni tan especiales. Sin embargo, me pongo a pensar si es normal que me identifique más con los primeros discos de Taylor Swift a los veinticinco que a los quince. Y es porque cantar a todo pulmón sobre el desamor jamás ha tenido límite de edad. 

Losing him was blue, like I’d never known
Missing him was dark gray, all alone
Forgetting him was like trying to know
Somebody you never met
But loving him was red
Oh, red
Burning red

¡Qué joya de pieza! ¡Metáforas de colores! ¡Súbale, Sr. Uber! 

El corazón se rompe igual y la interminable búsqueda del mapa que nos diga a dónde carajos ir continúa. Ya no lloro cuando se me poncha la llanta o se me pierde mi celular porque, por favor, consíguete un problema de verdad, ¿no? Pero ganas no me faltan. 

Estamos ocupadísimos jugando a ser adultos que no dejamos a nuestro adolescente interior salir a jugar. Se escapa en instantes: al ver a tus amigos de la preparatoria y convertirte en ese güey que se escapaba de su casa para salir a una fiesta, cuando mandas ese mensaje de texto meticulosamente redactado junto con tu amistad o cuando no eres el amor de la vida del amor de tu vida.  

Maduramos, nos salen esas primeras canas y nuestra cara ya no es tan redondita. Sentimos lo mismo pero lo demostramos menos. O quizá nos entrenamos a no sentir de más porque tendríamos que agendarlo. No hace sentido financiero sentir tanto.

  • Domingo. 8:30-9:00 p.m
    Tomarme una cerveza, escuchar Panic at The Disco y llorar lo acumulado del mes. No olvidar llorar por la llamada de 45 minutos con el banco en la que no se resolvió absolutamente nada.

Seguimos viendo series de personajes de quince años, abriendo nuestro corazón, saltando de balcones emocionales, sintiendo que el mundo es enorme y que el tiempo se nos acaba. Seguimos sin saber absolutamente nada pero ahora nos pone tristes haber olvidado descongelar el pollo y tenemos más libertad de vivir/arruinar nuestra vida como queramos. ¿O sólo soy yo? 

No tiene caso pretender que la adultez nos tocó la puerta un día, nos sentó y explicó cómo funcionaba el SAT. Incluso sospecho los treinta son igual de sentimentales y melosos y sin sentido. Y así toda la vida. ¡Pero es bello! ¿Qué sería una película sin esos personajes con problemas tan entrañables y universales? 

Mi adolescente vive más que nunca. Le doy voz cuando lo merece y la callo cuando sé que su actuación en el escenario sería desastrosa. A veces sale en el karaoke de regadera, al escribir, en una llamada con una vieja amiga o en camino a una primera cita. Intento darle por su lado, hacer que sus sueños de convertirse estrella de rock se conviertan en realidad y sí, le pongo Taylor Swift de vez en cuando. 

Nos enseña que la vida es una interminable coming of age. Nos enseña que hay que sentirlo todo y que indudablemente, la vida sigue (incluso cuando no eres el amor de la vida del amor de tu vida). Escribí esa frase a los diecisiete porque me encanta el drama y sufrir y vivir muchísimo todas mis derrotas amorosas. Algunas cosas nunca cambian.

Por Greta Garrett

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