Lunes en la cocina: dos historias de un aborto

Por Renata Millet

Hoy por la cocina entra una luz brillante que logra que vea las partículas de polvo, con un movimiento en espiral esparciéndose en el aire. Ese polvo sigue ahí, resistente a la aspiradora y los trapos, ocultándose en franjas inaccesibles.

Se supone que remodelaron la cocina de este departamento de los cuarenta, pero el resultado es una serie de parches que solo dejan a la luz el paso de los años. Estoy aquí, en una cocina moderna con azulejos viejos, un librero prestado que usamos de alacena, un refrigerador abollado, sentada en unas sillas amarillas de plástico y una mesa de latón de Corona, igual prestada. Puse unas flores en la ventana y un jarrón con cilantro y perejil en el alfil, remojados en agua para que no se me mueran.

En la cocina está conmigo mi amiga Ana con café en mano. Ana estudió en una escuela de monjas toda su vida, en la que hizo grandes amigas y aprendió muchas cosas, menos de sexualidad. Tampoco lo aprendió en su casa, porque es de esos temas que no se hablan hasta que la mujer se va a casar. Solo le aclararon entre las tías que existen 3 huecos. “No te vayas a equivocar y meter lo que no se debe en el hueco incorrecto”, le dijeron.

Estamos en plena plática, con la luz entrando por los trabes antiguos, cuando aparece en la cocina María. María es hermana de Lulú, que lleva varios años trabajando en casa de mis tíos. María vende quesos frescos, tlacoyos deliciosos y algunas verduras que siembra o que comercia de sus vecinos. Le había encargado un huacal completo y, después de arreglar la venta, se sentó a tomar un café con nosotras. 

María tiene seis hijos e hijas y un ex marido que se desentendió desde hace quince años, cuando se embarazó del séptimo y el ingrato la convenció de abortarlo porque ‘no les alcanzaba el dinero para mantenerlo’. María lo hizo sola, porque el ingrato no la quiso acompañar. Estuvo delicada varias semanas, pues pescó una infección del lugar donde fue a abortar. Después, el ingrato la denunció por haber abortado porque ‘él no quería ni sabía’ y a María la metieron a la cárcel. Lo que el ingrato quería era irse con su amante, lo cual logró mientras María estaba en la cárcel. Lulú pidió ayuda y dejó los ahorros de una vida para sacar a su hermana del reclusorio. Ahora María mantiene a su familia, sola. Siempre que platicamos del tema dice: ‘mejor sola que mal acompañada’. 

María y Ana entraron en confianza rápido. Ana también vivió un aborto. Como les decía, nunca nadie le dijo que había métodos anticonceptivos o que estos eran buenos. Siempre la postura de las clases de educación sexual (si es que se les puede llamar así) fue que ‘la mejor forma de no tener un hijo es la abstinencia, y durante el matrimonio el método Billings’. El tener como pecado el placer en la juventud tiene principalmente dos resultados: matrimonios jóvenes y embarazos no deseados. 

Los ojos que no quieren ver piensan que las hormonas se controlan con la amenaza de castigos divinos, y no se dan cuenta de que solo están logrando disminuir el número de fieles jóvenes que no encuentran sentido a lo que la culpa divina les quiere hacer. Ana tenía un novio. Ana tuvo relaciones donde él se vino afuera, porque ese era el método que mejor funcionaba según se rumoraba entre las amigas que nunca habían tomado una clase propia de educación sexual. Ana se embarazó. Ana tuvo mucho miedo: del rechazo social, de cómo iba a mantener a un hijo con 18 años, del rechazo de su familia, del castigo divino de Dios. 

Ana tomó una decisión y abortó. Con sus ahorros y los del novio lograron pagar un lugar mucho mejor que el de María. Ana se guardó todo: el proceso, el secreto, el dolor. Hay otras chavas que pasaron por lo mismo y decidieron tenerlo. Ana se preguntó muchos años si era una maldita, una pecadora, alguien que no merecía nada bueno en la vida por haber cometido un acto por miedo, a sus 18 años, después de nunca haber recibido información ni opciones. Sufrió en silencio un proceso doloroso. A ella nadie la metió a la cárcel, pero vivió una cárcel propia muchos, muchos años por no atreverse a contárselo a nadie por miedo.

Veo a María y a Ana encontrándose en sus historias y vidas. Veo dos mujeres fuertes y enteras. Si existe un Dios, no encuentro motivo ni razón porque las castigue o las odie. Lo más bonito es que ellas no se odian a sí mismas. Lo hicieron por mucho tiempo, porque esa era la regla. Pero cambiaron de gente y sus reglas cambiaron. Son libres. Las veo y pienso en su fortaleza, y en la deuda que tenemos con ellas como sociedad. No todas las mujeres que abortan viven historias parecidas, pero siempre hay una historia, un motivo, un duelo y una decisión que tiene consecuencias, que en ningún momento debe ser la muerte ni la cárcel. 

La votación que se realizó el 6 de septiembre en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, por la que se declaró inconstitucional la criminalización absoluta del aborto, es un paso más para saldar esta deuda con María y con Ana. También con las que vienen, con las que están y con las que se fueron. Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal y seguro para no morir. Esa es la bandera. La bandera completa. 

Con cada palabra de María y Ana, pareciera que sale más luz de la cocina que la que entra. Soy espectadora de un tejido de historias que nacieron separadas, pero siempre estuvieron juntas. 

*La historia y los personajes son ficticios. Las historias de María y Ana son verdaderas.

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